En una parte importante del Bajo Aragón histórico tenemos la suerte de ser bilingües, y el principal motivo de que hablemos otra lengua, además del castellano, está directamente relacionado con la repoblación que se llevó a cabo en estos territorios durante los siglos XII y XIII, en plena Edad Media. La localidad de Belmonte y el resto de lugares de la encomienda de Monroyo no fueron ninguna excepción y una buena parte de los que vinieron a vivir a estas tierras procedían de diversas comarcas que actualmente forman parte de las provincias de Lleida o Tarragona.

No hay más que ver los antropónimos (apellidos) de muchos de los repobladores que llegaron en el primer tercio del siglo XIII a nuestro territorio, a través de cartas pueblas como la de Belmonte (1232), para apreciar esta circunstancia. Algunos utilizaron como apellido su lugar de procedencia (Albesa, Cardona, Montblanc, etc.) y otros su profesión (Ferrer, Fuster, Sabater…). Muchos de estos apellidos han llegado hasta nuestros días sin apenas variaciones.

Estas familias, además de traer sus enseres, aportaron su cultura, costumbres y lengua. Desde su llegada, pasaron a ser vecinos de pleno derecho con normativa legal determinada por esos documentos medievales locales y, en su defecto, por los fueros de Zaragoza.

Los movimientos de población fueron constantes. En Belmonte y su entorno, está documentada la presencia de repobladores franceses desde la Edad Media (Artigues, Gascón, etc.), dedicados a labores especializadas como canteros o molineros. En el siglo XVII, esta migración fue tan notable que dio nombre a una calle: calle Francia.

Lo que somos proviene de lo que fuimos, una amalgama de culturas y procedencias. La lengua que hablamos en Belmonte y otras poblaciones de la Tierra Baja, además del castellano, ha sobrevivido por tradición oral. Aunque en sus primeros siglos sí apareció en la documentación escrita, desde el siglo XVI los notarios dejaron de usarla y su grafía se castellanizó. Ha resistido a intentos políticos de hacerla desaparecer, a la mezcla lingüística por ser zona limítrofe, y a la influencia de los medios globales.

En nuestro día a día, no hay conflicto significativo en torno al uso de cada lengua. Vecinos bilingües y no bilingües se respetan mutuamente. Algunos la llaman catalán, otros chapurriau; lo importante es que todos nos entendemos. Esta situación es similar a la del neerlandés y flamenco en los Países Bajos y Bélgica.

En cuanto a su situación actual, en Belmonte nuestra lengua más ancestral agoniza, no por falta de interés, sino por falta de hablantes. De las poco más de cien personas censadas, alrededor de la mitad ya no es bilingüe, aunque muchas la entienden. También hay una diáspora belmontina que la practica o la recupera cuando vuelve. Pero lo más importante hoy es sobrevivir como comunidad. Cada baja en el padrón es una nueva derrota. Cada alta, un pequeño hilo de esperanza, provenga de donde provenga, como en el siglo XIII.

El conocimiento de varias lenguas es una riqueza cultural y debería protegerse y valorarse. Lo que no es correcto es usar el idioma como arma sociopolítica, ni en un sentido ni en otro. Una lengua tiene valor intrínseco y nunca debería ser usada para atacar al que piensa diferente.

Cuestiones lingüísticas tan viscerales se podrían simplificar con voluntad. Existen canales institucionales y medios adecuados para debatir con respeto. Pero si se pierde el respeto y se pasa al vandalismo, la situación se vuelve deplorable. Hace cuatro años, una gran pintada en la entrada de Belmonte intentaba imponer cómo usar nuestra lengua. Hace dos años, carteles bilingües fueron pintados y arrancados. La solución fue retirarlos, cediendo a la presión.

Hace unas semanas, nuevas pintadas afectaron a carteles informativos, senderos, monumentos, señales… en Belmonte y pueblos vecinos. Una labor destructiva que pagaremos todos, en ayuntamientos con pocos recursos.

¿Deberían acaso pedirnos lo mismo los descendientes de íberos o árabes, que también poblaron estas tierras y dejaron lenguas, topónimos y legado? Estamos orgullosos de nuestro bilingüismo, de que Belmonte / Bellmunt aparezca con su denominación bilingüe, y de decidir cómo queremos comunicarlo.

Pedimos respeto. Quien no esté de acuerdo, tiene cauces para manifestarlo sin destruir. El vandalismo nunca es defensa de una idea. Solo hay que ver lo que pasó en 1936, cuando, al amparo de unas ideas, se destruyó patrimonio irrecuperable. Respeto y tolerancia. Nada más. El fin no justifica los medios.

Alberto Bayod. Historiador y Alcalde de Belmonte de San José