En relación al uso de las lenguas que se hablan en nuestro país, hemos asistido estos días, debate de investidura mediante, a la ceremonia de la intransigencia por parte de una parte de la bancada del congreso.

Siempre he creído que los idiomas nos abren puertas para conocer nuevas culturas, a sus gentes, su gastronomía, su arquitectura, su idiosincrasia. Para mí, son un elemento enriquecedor para cualquier persona. Y cuando viajas, dentro o fuera de nuestras fronteras, poder expresarte, aunque sea básicamente, con otras personas en su idioma, es motivo de satisfacción e integración, también de respeto por la cultura y el lenguaje del otro.

Por eso no entiendo esa cerrazón a no querer que en el Congreso se utilicen cualquiera de las lenguas (reconocidas oficialmente o no, caso del aragonés) que se hablan en nuestro país. Creo sinceramente que, aparte del vasco, se pueden entender con cierta facilidad. Es más, sería deseable que los máximos representantes de nuestro país como el presidente o los ministros, pero también los presidentes autonómicos o alcaldes de las principales ciudades dominaran como mínimo el inglés, dado el papel institucional que muchas veces tienen que ejercer con actores internacionales. Todavía recuerdo la vergüenza ajena al oír a Ana Botella defender la candidatura de Madrid como sede olímpica con su inglés de opereta y su famoso «café con leche in Plaza Mayor». Del mismo modo, nuestros representantes en cortes debieran hacer el esfuerzo por, al menos entender los idiomas oficiales de nuestro país. Y si no, no pasa nada por utilizar el traductor simultáneo. Llevamos 75 años desde la creación de la ONU y la utilización de traductores e intérpretes en sus sesiones. Y sí, se supone que todos entendemos el castellano y que no haría falta montar este tinglado, pero también es cierto que los tiempos cambian y que es una muestra de respeto, de integración y de educación, permitir que nuestr@s conciudadan@s puedan expresarse en su idioma materno.

Ignacio Belanche. CHA Valderrobres