Llueve en Alcañiz. Y no cae solo agua: cae el tiempo, la memoria y esa forma delicada que tiene el cielo de devolver a la tierra lo que parecía dormido. Alcañiz es una de esas ciudades que bajo la lluvia no se apagan, se encienden por dentro. Como si la piedra mojada supiera hablar mejor que en seco y cada rincón encontrara, al fin, su verdadera voz.

Llueve, y el agua baja despacio por la excolegiata de Santa María, cruza la Plaza de España, acaricia la lonja, el ayuntamiento, los soportales, y sigue su camino hacia la calle Mayor como si no quisiera perderse nada. Entonces es cuando uno comprende que aquí el agua no pasa: recuerda y lee las páginas infinitas de la ciudad de la concordia. El agua sigue su camino, se detiene en la torre, resbala por los balcones viejos, entra en las grietas nobles de la piedra y despierta una ciudad que nunca ha necesitado fingir para parecer hermosa.

Alcañiz no se mira solo con los ojos, Alcañiz se puede leer. Se lee en la cuesta que asciende hasta el castillo, en la sombra de sus murallas o en la dignidad de sus fachadas. Bajo la lluvia, el castillo calatravo deja de ser solo monumento y se convierte en símbolo de resistencia, memoria y permanencia. Cuando era pequeño, al anochecer, desde la calle Baja podía ver la luz de sus cocinas. Imaginaba que los cabezudos de la abuela y de Drácula vivían ahí, que eran matrimonio y que justo en ese momento de encenderse la luz, ellos comenzaban a cenar, como lo hacía yo con mis abuelos y mi bisabuelo Perico. Hay lugares que están de paso por la historia; otros, en cambio, han aprendido a durar en la memoria de quienes los habitan.

Llueve, y mientras el agua busca salida, también va encontrando nombres. Los Almudines, con esa resonancia antigua que parece guardar el eco de los comercios viejos y de una ciudad que fue cruce, tránsito y pulso. El Charro, que suena a conversación heredada. El antiguo molino, como si el agua quisiera volver a aquello que un día también movió. O la Casa Ram, severa y silenciosa, guardando en su fachada el orgullo discreto de lo que permanece. No me olvido del arco del Loreto, que no es solo un paso, sino una forma de entrar a la otra ciudad vieja.

La lluvia sigue. Recorre la plaza San Francisco, aquella en la que tantas veces parábamos las bicis para beber en su fuente. Llueve, y el agua avanza por la calle Baja, mi calle, mi hogar, cruza la calle del Carmen y así llega hasta lo que en algún momento fue el corazón de la ciudad, la calle Alejandre y la calle Blasco, que se asoman a la plaza de España mientras admiran la subida del teatro. Aquella que una vez albergó unos cines, un mercado… En fin, llueve, y en el trazado urbano hay biografía colectiva. En Alcañiz las calles no unen únicamente puntos del mapa; unen épocas, voces, ausencias y regresos. Cada esquina tiene algo de confidencia vecinal y de ciudad secreta.

Por eso, cuando llueve, también vuelve lo mítico. Aparecen los pasadizos imaginados, los sótanos, las historias escuchadas de niño y las casas que parecen guardar más que humedad. Toda ciudad con historia tiene una segunda ciudad invisible, hecha de leyendas, rumores y silencios. Alcañiz la tiene. Y bajo el paraguas, mientras el agua golpea levemente, casi puedo sentir que camino acompañado por quienes estuvieron antes.

También llueven los recuerdos pequeños, que son a veces los que más patria contienen. Los antiguos cines Roch, por ejemplo, que no eran solo un lugar donde ver películas, sino una forma de compartir la tarde y la ilusión, o la Flora, con sus golosinas, esa humilde liturgia de infancia que también forma parte de la identidad de un pueblo. A veces, la belleza no es turística, sino emocional. La que pintan los recuerdos, las amistades y lo familiar. Y esto es lo que todos viviremos durante los próximos 10 días, en estas mismas calles y bajo esta lluvia de recuerdos.

Que suenen los tambores.

Alberto Quílez. Profesor de la Universidad de Zaragoza y director de la Cátedra Caja Rural de Teruel