Dice el diccionario de la palabra imponderable, en su cuarta acepción: "circunstancia imprevisible o cuyas consecuencias no pueden estimarse". Se aplica esa palabra usando el sentido figurado, pues ponderable, en principio, es aquello que se puede pesar.
Son impredecibles aquellas cosas que no se pueden prever, y que cuando ocurren nos sorprenden, pudiéndonos hacer pensar en que siempre estamos al albur de los acontecimientos, aunque sean mínimos.
Se preguntarán ustedes a qué fin viene hablar ahora de esto, y les responderé que a una concatenación de cosas nimias ocurridas que me han llevado a pensar en la importancia que una decisión puede tener en los sucedidos posteriores. Todo comenzó, en el zaguán de mi casa, en el momento de abrir el buzón del correo y encontrarme en él el ejemplar de La Comarca con mi anterior colaboración. Pensé dejarla dentro del cajetín y recogerla al regresar: tenía miedo de perderla; pero decidí salir con ella bajo el brazo y arriesgarme y en mi paseo y visita a un bar para tomar un café, y así leerla mientras lo degustaba.
Todo muy normal, todo muy prosáico y cotidiano. Todo -dirán ustedes- sin interés alguno. Y así es, porque lo que acabó ocurriendo después tampoco es digno de aparecer en las enciclopedias.
Lo que ocurrió fue que, tras pedir "un expreso con azúcar moreno", me senté en una mesita pegada a la barra. Con esto de la Covid 19 estoy ya acostumbrado a llevarme el café yo mismo al velador, pero esta vez, puesto que estaba muy cerca de la barra -muy pequeña, por cierto- me senté pensando levantarme cuando estuviera preparado el café. Así que volví la mirada hacia el mostrador para ver si la taza estaba ya sobre su superficie brillante, y percibí que no; o eso creía yo. Porque al girar el cuerpo hacia la mesa, sin siquiera haberme levantado del asiento, di con el brazo de la camarera que venía con el café, y lo derramé por encima de La Comarca, con tal precisión -no deliberada- que hizo una gran mancha justamente sobre mi colaboración. Quedo el papel de prensa mojado y con ese característico color del café, sin que, por otra parte, salpicara ni una gota sobre la ropa de nadie. Fue tal la sorpresa de lo ocurrido que ahora se lo cuento a ustedes.
De lo que pasa en España y en Aragón concretamente; de lo que dan de sí nuestros políticos y autoridades, saben ustedes mucho; pero creo que de lo que pasó con el café, no sabían, hasta ahora, nada.
Conviene mucho más pensar en abstracto, a través de la anécdota mínima de cómo una decisión anodina puede influir en lo que luego ocurra, que repetir o quejarnos de lo que todos vemos y sufrimos. Decidir llevar conmigo La Comarca al café para leerla allí, después de pensar que podía ser mejor dejarla en el buzón y hacerlo más tarde en casa, posibilitó que el café se derramase sobre mi propia colaboración.
La página quedó del color que, siendo adolescente, le dimos (de la misma forma) a una cartulina para asemejarla al pergamino, cuando, el día de Santo Tomas y dirigidos por Don Francisco Alloza, los de quinto y sexto de bachiller del (llamado) "instituto" representamos, en el pequeño escenario del Circulo Católico, al lado de Santa Lucía, "Cuando las Cortes de Cádiz" de José María Pemán. Presente y pasado se fundieron en mi pensamiento.
Alejo Lorén

