Hace unos días me plantearon una pregunta que no supe responder: «Mamá, ¿el mundo está loco y hace que la gente se vuelva loca, o es la gente la que está loca y hace que el mundo parezca loco?». El mundo o las personas que lo habitan, las personas o el mundo. Causa o consecuencia. Lo que está claro es que, para mi hijo de siete años, ambos lo están: locos de remate.

Se ha dado cuenta, y eso que no es consciente ni de una milésima parte de lo que acontece a su alrededor. Todavía no sabe que vive en un país donde, a este ritmo, vamos a tener más imputados que diputados, donde dimitir está prohibido y donde lo único que importa es poner en marcha la ingeniería electoral (creo que es el turno de los nietos y de los saharauis); un lugar donde las olas de calor nos golpean y ponen de mal humor con frecuencia, donde hay demasiadas evacuaciones por incendios provocados, donde crece el número de trastornos mentales y de suicidios en jóvenes, donde los trenes ahora van más lentos, pero son igual de caros, y donde, al parecer, todo el mundo puede escribir y publicar un libro (desde la IA hasta Santos Cerdán).

Intento encontrar un poco de cordura y entonces recuerdo cuánto ha subido el precio de la comida, la gasolina, los alquileres... Incluso que, a partir de septiembre, un nuevo arancel encarecerá lo que compremos fuera de Europa (sí, estoy hablando de Temu, Shein o Aliexpress). Me doy cuenta de que el tiempo pasa muy deprisa, tanto que ya nadie se acuerda de la sonada visita del Papa, con lo importante que parecía. Que todo en este mundo, incluidas las personas, es tan efímero como loco.

Busco más allá de nuestros muros y me choco de bruces con magnates enajenados y guerras sin sentido, conversaciones de paz que solo responden a intereses económicos, temblores de tierra, derrumbes y hasta dos mil muertos bajo los escombros. No puedo, ni quiero, hablarle a mi hijo de un mundo donde se roba y se mata como si ninguna de esas dos acciones fuera una locura, donde la naturaleza se rebela con ganas y nos vence sin pestañear. Por suerte, la solidaridad que demuestra el ser humano en momentos jodidos se impone a todo lo demás. Hay gente buena, a pesar de loca, y eso él también lo sabe.

Cristinica Gómez