Los bosques no mueren por el fuego. Mueren mucho antes, cuando la política olvida el territorio. Esta frase, que parece solo una metáfora, describe con precisión lo que pasa en el Matarraña cada verano.

La comarca no se queda de brazos cruzados: existe una mesa de trabajo comarcal contra incendios forestales, hay cuadrillas que limpian caminos y crean cortafuegos, y los municipios cierran el acceso a espacios como el Parrizal de Beceite cuando el riesgo es extremo. Pero todo esto son herramientas de trinchera, mientras el problema de fondo —un bosque que ya nadie gestiona— sigue intacto.

La causa no es ningún misterio: la mayoría del bosque del Matarraña es de propietarios privados, a menudo herederos que ya no viven aquí, y la madera que sale no vale casi nada en el mercado. Nadie limpia una finca que le cuesta dinero sin sacar nada a cambio.

Hay una solución al alcance de la mano, y ya funciona en comarcas vecinas: un Servicio Comarcal de Biomasa Forestal, que compre la astilla a los propietarios y la utilice para calentar escuelas, centros de salud y edificios públicos. Cada hectárea limpiada para alimentar una caldera es, al mismo tiempo, una hectárea con menos riesgo de incendio.

La leña que hoy es una amenaza podría convertirse mañana en la calefacción de nuestros pueblos. Mientras las grandes decisiones y los grandes presupuestos se tomen desde despachos alejados de nuestras montañas, seguiremos apagando fuegos que ya hace tiempo que se habrían podido prevenir.

Recordar el territorio no es cuestión de discursos: es cuestión de calderas, de pastores y de bosques gestionados.

Carles Font Verderol
Cretas, Matarranya