Los incendios que vendrán ya han venido; el fuego es uno de los grandes descubrimientos de la humanidad y, al mismo tiempo, uno de los fenómenos más fascinantes de la naturaleza. Para nuestros ancestros fue magia: una fuerza capaz de proporcionar luz en la oscuridad, calor en las noches más frías y protección ante determinados peligros. Hoy sabemos que no es magia, sino una reacción química exotérmica de oxidación que transforma la materia combustible en energía hasta reducirla a cenizas. Pero conocer su explicación científica no le ha hecho perder ni un ápice de su capacidad para cautivarnos.
Hay algo profundamente hipnótico en las llamas. Mirar al fuego es como asomarse a un lenguaje antiguo que parece hablar directamente a nuestros instintos. El tiempo se ralentiza y la danza de las llamas nos atrapa hasta que el alma parece encontrar un estado de calma. El fuego, cuando se domina y lo tenemos bajo control, es un aliado benévolo y amable; sin embargo, cuando su furia se desboca, pierde esa benevolencia para convertirse en una fuerza devastadora capaz de transformar un paisaje vivo en un territorio de cenizas en cuestión de horas.
Ese es el fuego que cada verano vuelve a ocupar los titulares. Y, desgraciadamente, todo apunta a que los incendios que vendrán serán diferentes, más rápidos, más intensos y mucho más difíciles de detener. Aunque «los incendios que vendrán» ya están aquí.
La ciencia lleva años advirtiéndolo. El cambio climático está modificando las condiciones en las que se desarrollan los incendios forestales. El aumento de la temperatura media, la mayor frecuencia e intensidad de las olas de calor, los periodos prolongados de sequía y una atmósfera más seca y capaz de extraer más humedad de la vegetación hacen que el monte llegue al verano mucho más predispuesto a arder. No significa que un bosque pueda incendiarse por el simple fenómeno del calor. Conviene insistir en ello: por elevadas que sean las temperaturas, la vegetación no arde espontáneamente. Siempre existe una causa de ignición, natural o provocada por la actividad humana.
Los rayos han originado incendios forestales desde mucho antes de que existiera el ser humano. Forman parte de la dinámica natural de muchos ecosistemas. Pero junto a esas causas naturales existen numerosas actividades humanas que, de manera accidental o negligente, pueden generar la chispa que inicia un incendio. Algunas son prescindibles y deben evitarse por completo. Otras, sin embargo, son imprescindibles porque son parte de la vida en el medio rural.
Un ejemplo muy claro es la cosecha del cereal. Los agricultores son hoy uno de los pocos colectivos que mantienen una actividad económica permanente en muchas zonas rurales. Sin embargo, las condiciones meteorológicas extremas de los últimos veranos han convertido una labor esencial en una actividad de alto riesgo. El contacto de la maquinaria agrícola con piedras o elementos metálicos puede producir chispas que, sobre una vegetación extraordinariamente seca, desencadena incendios que pueden llegar a ser de enormes dimensiones. No se trata de señalar culpables, sino de comprender que la realidad ha cambiado y que también deben cambiar las medidas de prevención y los protocolos de trabajo durante los episodios de riesgo extremo.
Pero el cambio climático explica solo una parte del problema. La otra parte está escrita en la transformación silenciosa que ha vivido nuestro territorio durante las últimas décadas.
Hace apenas dos generaciones, el monte era un espacio profundamente ligado a la vida cotidiana. La población rural era mucho más numerosa. Se recogía leña para cocinar y calentarse, existían hornos, carboneras y numerosos aprovechamientos forestales. El ganado extensivo recorría diariamente los montes consumiendo pastos y matorral, reduciendo de forma continua la cantidad de vegetación disponible para arder.
Hoy esa realidad prácticamente ha desaparecido. La despoblación rural ha vaciado amplias zonas del territorio. La mayor parte de las viviendas utilizan gas, gasóleo o electricidad para calefacción, incluso de fuentes renovables. Nadie recoge leña para el consumo doméstico y la ganadería extensiva ha disminuido de forma muy significativa. La sociedad ha cambiado profundamente y el paisaje también.
A menudo se habla de «montes sucios», pero no es una expresión muy adecuada. El monte no está sucio; simplemente ha dejado de gestionarse como se hacía durante siglos. La vegetación crece, acumula biomasa y conecta horizontal y verticalmente grandes cantidades de combustible. Lo que antes era aprovechado por las personas o por el ganado permanece ahora en el territorio esperando una chispa. El resultado es un paisaje mucho más continuo, con una enorme carga de combustible, sobre el que actúan unas condiciones climáticas cada vez más favorables para la propagación del fuego.
Por eso los incendios actuales ya no se parecen a los de hace treinta o cuarenta años. Hoy asistimos con frecuencia a incendios de comportamiento extremo, capaces de generar focos secundarios a cientos de metros, desarrollar columnas convectivas de gran altura e incluso modificar localmente las condiciones meteorológicas. Son incendios que evolucionan con una velocidad difícil de imaginar y que, en determinadas circunstancias, superan cualquier capacidad de extinción, sobre todo si le ayuda el viento.
Ante esta realidad, la respuesta no puede limitarse a disponer de más medios cuando el incendio ya ha comenzado. La verdadera batalla debe librarse mucho antes de que aparezca la primera llama.
Necesitamos una gestión forestal mucho más ambiciosa y sostenida en el tiempo. Es imprescindible invertir en tratamientos selvícolas que reduzcan la continuidad del combustible, crear y mantener áreas cortafuegos estratégicas, establecer fajas auxiliares de defensa alrededor de caminos, carreteras, infraestructuras y zonas habitadas, favorecer el pastoreo extensivo allí donde sea posible y recuperar aprovechamientos forestales que vuelvan a dar valor económico al monte. No se trata de intervenir contra la naturaleza, sino de gestionar un territorio profundamente despoblado para hacerlo más resistente frente a los incendios del siglo XXI.
Pero esa gestión requiere inversiones, planificación y, sobre todo, personas que vivan y trabajen en el medio rural. Sin actividad económica no habrá una gestión suficiente del territorio. Y sin gestión, la acumulación de combustible seguirá aumentando año tras año.
Mientras tanto, el operativo de prevención y extinción de incendios forestales continúa demostrando una enorme profesionalidad. Los equipos de extinción, bomberos forestales terrestres y helitransportados, medios aéreos, agentes de Protección de la Naturaleza, técnicos forestales, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, unidades de la UME, voluntarios y servicios de Protección Civil realizan un trabajo extraordinario en condiciones extremadamente difíciles. Ejemplos recientes, como el incendio de Peñarroya de Tastavins, en la comarca del Matarraña, muestran la eficacia de un dispositivo capaz de contener situaciones muy complejas gracias a una rápida intervención y una excelente coordinación.
Sin embargo, también estamos comprobando que existen incendios cuyo comportamiento supera la capacidad de cualquier operativo, por grande y preparado que esté. El incendio de las Cinco Villas, en Zaragoza, es un ejemplo de esos nuevos incendios extremos que evolucionan con tal intensidad que obligan a priorizar la protección de las personas y bienes antes que la extinción directa del fuego. No es un fracaso de quienes luchan contra las llamas; es la evidencia de que el escenario ha cambiado.
Los incendios que vendrán no dependerán únicamente del clima, ni únicamente de la gestión forestal, ni únicamente del comportamiento de las personas. Serán el resultado de la suma de todos esos factores. Por eso también la respuesta debe ser colectiva.
Administraciones, científicos, técnicos, agentes y bomberos forestales, agricultores, ganaderos, propietarios, empresas, servicios de emergencia y ciudadanos compartimos una misma responsabilidad. Reducir el riesgo exige prevención durante todo el año, inversión sostenida, educación ambiental y una nueva forma de entender nuestro territorio.
Porque cuando el fuego avanza sin control ya es demasiado tarde. La verdadera victoria siempre se consigue antes de que aparezca la primera chispa.
Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar un viejo lema que sigue plenamente vigente: todos contra el fuego, pero antes de que aparezca la primera llama. El fuego no ha cambiado; el clima, el territorio y nuestra forma de vivir sí.
Javier Escorza. Correo del Lector


Según el gobierno,toda la culpa es del cambio climático apoyado por los agricultores,que no se les ocurre otra cosa que cosechar con estos calores,como si antes no hiciera calor,guisaran con fuego y fumaran trillando,la ecología mal entendida y aplicada lo complica. Desbrocemos.hagamos viable la ganadería extensiva,hagamos cortafuegos. Si no pagaremos con destrucción
Magnífico y clarividente artículo Javier. Confiemos que todas tus propuestas y sugerencias las recojan TODAS las entidades y personas que describes.