No hay pueblo sin dioses y diosas, reinas y reyes. Y sorprende que en todas partes las grandes piedras hayan tenido la consideración de sagradas. El mundo se sigue asombrando con los alineamientos de Carnac, con Stonehenge, con los Moai del Pacífico, o con las figuras erguidas de los guerreros de Xian. Zaragoza, y Aragón, cuentan con el símbolo sagrado más cercano a María: su Pilar.
Nuestro gran Sender le dedicó unas líneas maravillosas: «Una columna, un pilar sustenta el mundo. El pilar de la fe. No necesariamente la fe religiosa, sino la fe como fenómeno básico de la vida individual. Fe en el amor, en el amor materno, en el amor filial, en el amor conyugal, en la vida y en la inmortalidad». «El universal Pilar de aragonito, sustentador de la representación del difícil infinito incalculable y de la fe en la inefable maternidad humana y divina, está incorporado en mi infancia».
Alcañiz, y el Bajo Aragón que fueron testigos de los milagros de la Virgen del Pilar se han honrado con su devoción a la Madre de los Aragoneses. Hoy que los problemas acosan a nuestras gentes, la búsqueda de afectos colectivos nos ayuda a recuperar fuerzas materiales y espirituales. Como herederos de la misma madre, deberíamos anteponer el espíritu de fraternidad a cualquier otro.
Ya no aparecen las celebraciones cristianas con la fuerza de otros tiempos. La belleza de la antigua capilla del Pilar en Alcañiz ya desapareció y hoy la hemos sustituido por algo más sencillo, pero las celebraciones de estos últimos años, con los fieles baturros alcañizanos rodeando su imagen están dando nueva vida a nuestros espíritus y valores.
El amor a nuestro Pilar está también incorporado en la vida de los bajoaragoneses y en la de todos los aragoneses, no en vano es un regalo de nuestra madre. La Mater Aragonensium.
No hay rosas sin espinas, no somos santos, y junto a nuestro cariño están también nuestras debilidades. Es pues un momento de dedicarle, en su día, unos versos que salieron de la pluma de José María Muñoz, bilbilitano, y que son la fotografía con la que iremos a rendirle homenaje:
Plegaria de las espinas y las rosas
Se nos enredan en el alma cosas que generó en su tránsito el destino: quizá el nombre olvidemos del camino pero no sus espinas y sus rosas.
Señora de las dulces y piadosas manos que amparan nuestro andar cansino, deja que hoy mis espinas se hagan trino y que mis rosas broten más gozosas.
Sobre esta tierra que besó tu planta hay un rosal de piedra que florece cada vez que el amor te reza y canta.
Acéptame sus rosas. En tu día es contrito regalo que te ofrece quien espinas también te dio, María.
Antonio Germán

