El tiempo diario que le dedicamos a las pantallas móviles suele ser desorbitado, pero entre los túmulos de tierra siempre pueden salir pepitas de oro. Sigo a una cuenta que se dedica a postear fotos robadas —sin enseñar las caras de los protagonistas— de personas leyendo en el metro con el único objetivo de que los demás conozcamos de una manera bastante etnográfica lo que se está consumiendo en nuestra sociedad.
Hasta ahí todo normal. Una forma rompedora de expandir la cultura, a lo sumo. Sin embargo, mientras deslizaba, me di de bruces con la imagen de un avejentado señor que disfrutaba de la Guía del usuario del iPhone 16 PRO para personas mayores y principiantes. Toda una paradoja si tenemos en cuenta que a sus dos lados estaban dos jovenzanos con lo que parecía un móvil de características similares.
En aquel momento no supe describir a ciencia exacta los sentimientos que me despertaba aquella rutinaria instantánea de la bonita pero ajetreada Madrid. Ávido de respuestas, aproveché las interacciones de la red social para palpar con ojo voyeur los sentires de los demás: algunos —los menos creativos, sin duda— simplemente respondieron con emoticonos de risa. Otros se decantaron por abrazar el efecto Forer y asegurar que sus respectivos abuelos se hubieran comportado igual. Los terceros en discordia, entre los que juraría incluirme, afirmaron sentir cierta pena.
Aquella sensación me dejó varias cuestiones, empezando por su origen. Causar tristeza no era la intención del señor lector, concentrado en sus menesteres, ni tampoco la del usuario que publica las obras, pues el contenido no variaba en forma de ningún otro posteo anterior.
No obstante, creo que llegué a comprender la pesadumbre que padecí frente a mi dispositivo móvil. Aquella imagen clamaba con fuerza ensordecedora la soledad a la que se exponen cotidianamente muchas personas de la tercera edad.
Transitamos una sociedad individualista y competitiva que acumula una actualización tras otra sin esperar un permiso previo de nadie. Cuando uno es joven suele encajarlo bien, reinventarse o morir y tirar como se pueda hacia delante. Desgraciadamente, rara vez ponemos el foco en aquellos corredores de fondo que no pueden seguir el ritmo, olvidándolos entre cajeros automáticos y rimbombantes características telefónicas que llegaron cuando su capacidad cognitiva había dejado de estar en auge.
La exigencia ha sido máxima para todos, y me temo que la cuestión es demasiado extensa y compleja como para comprenderla simplemente con una guía.
Rubén G. Bielsa. Marasmos

