En la «Antígona» de Sófocles se dice «Nadie ama al mensajero cuando es portador de malas noticias». Se culpa al que las trae en vez de al responsable de las mismas. Es una reacción defensiva y absurda que estudió Freud, citando ejemplos históricos como el de Boabdil, rey de Granada, que al recibir noticia de que la ciudad había caído en manos cristianas, quemó el mensaje y mató al mensajero. También es la metáfora del periodismo frente al poder, por supuesto, del periodismo que no apoya al poder. El futuro de la prensa independiente ha recibido más augurios de ruina que plácemes en forma de crecimiento del número de lectores o de apoyos financieros de grupos o inversores neutrales que entiendan la importancia de una prensa libre y no pasen factura de lo que dan interfiriendo en sus líneas editoriales.
El auge de la cultura digital ha complicado la situación de la prensa hasta su propia raíz. El imperio de las fake news y la manipulación de las Redes y los mensajes según intereses políticos, económicos o, simple y llanamente, de la estupidez individual o de determinadas «tendencias», convierte a algunos medios en «mensajeros» a los que liquidar, de una forma literal (el auge de la extrema derecha, de los populismos y regimenes dictatoriales son un mal augurio para el periodismo leal a sus valores). Quizá los nuevos tiempos nos lleven a practicar un periodismo «de cercanía», que desenmascare las mentiras a un nivel local, lejos de «influencers» y de gabinetes de prensa montados por grupos de presión (políticos o económicos). Y a nivel general, un periodismo independiente financiado por sociedades de suscriptores que haga posible afrontar al periodismo doctrinario, populista o disfrazado de neutral pero con mensajes que apoyan prejuicios e intereses de signo económico, racial, ultra nacionalistas o ideológicos de tipo hegemónico y agresivo con los que no comparten sus supuestas «ideas».
Hay que volver a la ética básica del periodismo: publicar lo que alguien no quiere que se publique pues daña intereses que están lejos del interés del ciudadano. Y hacerlo aplicando criterios de calidad y verdad que puedan contener la ciénaga corrompida del exceso «deformativo». Uno de mis mejores maestros en la Escuela de Periodismo de los sesenta, Carlos Nadal, que después sería mi jefe en la sección de Internacional de «La Vanguardia» y amigo personal hasta que falleció, me resumió el oficio con una simple frase: «haz tu trabajo con honestidad, con respeto hacia las personas, amor a la verdad, y a una ética que esté por encima del dinero y la política».Amén.
Alberto Díaz Rueda. LOGOI


Excelente comentario, que va a la raíz de un problema metido bajo la alfombra, pero que nos afecta a todos como ciudadanos necesitados de la verdad. Las tendencias a relativizar todo, que nada es verdad , se suma a este descarado mal uso de la información. Quienes se atreven a revelar estas manipulaciones merecen todo el respeto y apoyo que puedan proporcionar las personas y organismos independientes.