Terrible. Si tuviera que elegir una palabra para describir el momento que atraviesa el periodismo en España, sería esa. No porque informar sea hoy imposible, sino porque hacerlo se ha convertido, cada vez más, en caminar por un campo de minas.
No se trata solo de una desconfianza general hacia los medios de comunicación. Hay algo más profundo: rechazo, hostilidad y, en ocasiones, odio. Un odio que deja de dirigirse contra las empresas o sus líneas editoriales y acaba descargándose sobre quien está en la calle con un micrófono en la mano.
Lo vemos cada vez con más frecuencia: periodistas y cámaras rodeados, increpados, empujados, insultados. Compañeros que reciben patadas en las espinillas (justo donde no llega el plano), golpes en la espalda, escupitajos o chicles en el pelo. Se impide trabajar simplemente porque llevan el logotipo de un medio.
Yo también lo he vivido. Las miradas, los insultos, esa sensación incómoda de que, para algunos, antes de escuchar tu pregunta ya eres culpable de todo aquello que representa la empresa para la que trabajas. Ahí está el absurdo y lo que no entienden: un micrófono no es una ideología.
Trabajar para un medio no significa compartir cada titular, decisión editorial o posición política. Somos trabajadores, profesionales con criterio propio que, muchas veces, ni siquiera elegimos qué noticia cubrimos. Pero en la calle somos la cara visible. El mensajero. Y parece que hemos recuperado una vieja costumbre: si no te gusta el mensaje, dispara contra quien lo trae.
En este sentido, no olvidemos que nosotros, como ciudadanos, tenemos una responsabilidad: informarnos bien. Leer, escuchar y contrastar. Buscar una misma noticia en varios medios, también en aquellos que puedan ser de una tendencia contraria. Reflexionar, tener un punto de vista.
No todo lo que circula por las redes sociales es información, y a veces esto se nos olvida. Un pseudomedio con apariencia de periódico no se convierte en periodismo simplemente por emular ciertos detalles. Las redes pueden ayudarnos a encontrar una noticia, pero no deberían convertirse en nuestro único filtro de la realidad.
Reporteros Sin Fronteras advierte de que la polarización está difuminando peligrosamente la frontera entre información y opinión y señala el aumento del señalamiento político a periodistas. En 2026, España ocupa el puesto 29 de 180 países en libertad de prensa. No estamos ante una dictadura ni mucho menos, pero tampoco deberíamos conformarnos con pensar que, como estamos mejor que otros, no hay nada que defender.
Porque el problema no termina en los periodistas. Cuando se normaliza el insulto, la intimidación o la violencia contra quien informa, se deteriora algo mucho más grande: el espacio común en el que una sociedad puede discutir, discrepar y entenderse.
Me preocupa que estemos acostumbrándonos al odio, que confundamos discrepancia con enemistad y opinión con verdad absoluta. Que las redes estén ganando terreno como bastión de la verdad.
No sé cómo saldremos de esta vorágine. Yo tengo claro cómo voy a seguir: preguntando, contrastando y contando lo que ocurre. Estando allí donde pasan las cosas. A pesar de los insultos, las amenazas o el miedo.
Informar no debería ser un acto de valentía. Mientras algunos intentan matar al mensajero, los medios de comunicación seguiremos llevando el mensaje, destapando la verdad (sea del lado que sea) y defendiendo la libertad.
Laura Quílez. En busca del tiempo perdido

