Mec De La Rue, chico de la calle. Hace pocos años que el cantante Morad popularizó el acrónimo francés MDLR, que identifica a un conjunto de niños o jóvenes que se buscan la vida fuera de casa, convirtiéndose en un movimiento urbano del que muchos se sienten parte. Durante la semana de las fiestas en honor a la Virgen del Pilar, junto con un grupo de jóvenes voluntarios de la ONG Cooperación Internacional, hemos trabajado con los invisibles de Tánger, los verdaderos chicos de la calle.
Niños que llegan a esta ciudad del norte de Marruecos animados por el sueño europeo en busca de la oportunidad de cruzar a España por el estrecho, poniendo en riesgo su integridad física, cuando no su vida. Frecuentemente, en lugar de hacer realidad estos deseos, pasan a formar parte de un círculo vicioso en el que se retroalimentan una situación de mendicidad, adicción al pegamento y otras drogas, y exposición a todo tipo de abusos por parte de las mafias en cuyos brazos buscan desesperadamente amparo.
Esta experiencia me ha llamado a reflexionar sobre dos ideas, que considero oportuno poner sobre la mesa y que pueden ir contracorriente.
La primera, que existen niños (el porcentaje de niños en esta situación concreta de precariedad es muy superior al de niñas) que son invisibles a ojos de las instituciones. De hecho, el «no somos invisibles» se ha erigido en lema reivindicativo de aquellos que, como el Proyecto Faro del obispado de Tánger, intentan, con escasos medios e insuficiente apoyo, reinsertar en la sociedad a quienes la calle les roba la infancia.
Marwan, Mohamed, Zakkaria o Abdalla coinciden con eso que en España se denomina MENA (Menor No Acompañado), pues carecen completamente de una red familiar o pública capaz de darles el apoyo que necesitan. Sólo organizaciones privadas, con financiación mayoritariamente privada, impulsan su desarrollo a través de acciones básicas como la alimentación, la higiene, el deporte o la ardua tarea de su desintoxicación.
La segunda, que en contra de lo que cree una importante corriente de opinión, tenemos una juventud comprometida. Tuve esa impresión en Bombay en julio durante 17 días, y la he ratificado en Tánger. Quino, que con 16 años se involucraba en su primer voluntariado internacional; Álvaro y Jorge, que han encadenado la India con Marruecos en sendos proyectos; Miki, estudiante paraguayo que conoció la península a través de los 989 km de pura furgoneta que separan el CMU Miraflores y el puerto de Tarifa para cruzar a Tánger en ferry; o Mohamed, que comenzó siendo beneficiario del Proyecto de Liderazgo Social en el barrio San Pablo de Zaragoza y ahora tiene como sueño devolver a otros todo aquello que el proyecto le dio en forma de agradecimiento, son buenos ejemplos. También Perico Herráiz, responsable de Cooperación Internacional en Aragón, que lleva más de media vida entre proyectos solidarios -sin que nadie le conozca una mala palabra y sí muchas buenas acciones- y que goza con el aval de un numeroso ejército de jóvenes, y no tan jóvenes, que se pondrían unas zapatillas de agua y se irían con él a la guerra si se los pidiera, sólo a cambio de llevar una camiseta con el logo de Living For Others.
En fin, píldoras de reflexión y esperanza que no pretenden otra cosa que visibilizar la situación de estos niños vulnerables, invisibles a ojos de las instituciones; y romper una lanza a favor de una juventud sobre la que de manera injusta pesa la carga de la reivindicación constante y a la que se debe dar el reconocimiento que merece.
Óscar Luengo. Jurista, licenciado en Derecho y ADE
MDLR, los verdaderos chicos de la calle
Mec De La Rue, chico de la calle. Hace pocos años que el cantante Morad popularizó el acrónimo francés MDLR, que identifica a un conjunto de niños o jóvenes que se buscan la vida fuera de casa, convirtiéndose en un movimiento urbano del que muchos se sienten parte

