El lunes cumplí veinte años en La COMARCA. Lo celebré alrededor de una mesa, primero con un almuerzo y después en un restaurante cuyos propietarios continúan al frente del negocio gracias a la jubilación activa. Mientras conversábamos, pensé en cuántos negocios dependen todavía de que sus dueños retrasen la despedida. ¿Qué ocurrirá cuando decidan retirarse definitivamente?
La pregunta volvió ayer, durante el Congreso de Regadíos de Alcañiz. Agricultores, empresas, expertos e instituciones compartieron soluciones técnicas para hacer el campo más rentable, innovador y capaz de afrontar el futuro. Pero en cualquier conversación sobre ese futuro aparece la misma preocupación. ¿Quién tomará el relevo? Y no sucede solo en las explotaciones agrarias. También en la hostelería, el comercio, la agroindustria o la artesanía.
Esta semana hablaba con Miguel Ibáñez, un librero que es toda una institución cultural y que busca sin éxito quien continúe con su negocio cuando se jubile. También pasé ante la puerta cerrada del restaurante Meseguer, referente gastronómico durante más de medio siglo. ¿Son pérdidas individuales o colectivas? ¿Cuánto desaparece con una persiana, además de una actividad económica?
Los hijos tienen derecho a elegir su propio camino. El relevo ya no puede depender de los apellidos. Pero cuesta aceptar que negocios rentables, con clientela y prestigio, se pierdan mientras hay personas que buscan una oportunidad para emprender. Ahí echo en falta unas administraciones que tiendan puentes de verdad, que conecten propietarios con futuros emprendedores, tomen la iniciativa, faciliten financiación y acompañen los traspasos. Combatir la pérdida de valor e identidad tiene que ser prioridad de nuestra sociedad. Atraer proyectos nuevos es importante, pero ayudar a continuar los que funcionan también debería serlo.
En estas dos décadas he aprendido de lo mejor y de lo peor del territorio. Sin embargo, cuando miro alrededor, siempre veo luz. Ahora mismo, siento cerca la mejor razón para el optimismo. Mi equipo se ha nutrido en el último lustro de jóvenes que han decidido regresar a sus pueblos, trabajar aquí y construir su vida cerca de los suyos. Los veo implicados en su profesión y felices con la elección que han hecho. Cada uno tiene su historia, pero todos desmienten esa idea resignada de que el futuro siempre está en otra parte. Y, a su alrededor, también hay negocios que abren y gente que se atreve. Protagonizan nuestros espacios, entrevistas, noticias y reportajes.
Me sigue emocionando comprobar cuánto talento tenemos y cuánto nos jugamos cuando dejamos perder lo que otros construyeron. La COMARCA ha contribuido a levantar acta de quiénes somos. Quiero que sigamos contando, sobre todo, las historias de quienes deciden quedarse y de quienes encuentran a alguien dispuesto a recoger su testigo. Ese sería un buen aniversario para celebrar dentro de otros veinte años.
Eva Defior

