Nuestros pueblos tienen un encanto propio que florece de una forma especial en verano. Son muchos los que aprovechan sus vacaciones para descubrirlos, y otros tantos regresan cada año a sus pueblos de origen, trayendo a los suyos para que también se enamoren de nuestra tierra y de nuestra gente.
Los pueblos se transforman entonces en lugares donde la quietud y la naturaleza se disfrutan junto a la tradición y las fiestas. La despoblación vive el espejismo del gentío estival un año más, llegando a duplicar —o incluso triplicar— en muchos casos, el número de habitantes del invierno.
Pero en medio de esta metamorfosis transitoria hay cosas que apenas cambian. Los consultorios y centros de salud permanecen abiertos, con refuerzos mínimos de plantilla. Sus profesionales hacen frente al aumento de pacientes y a las vacaciones necesarias de sus compañeros, esforzándose por llegar a todo, cuando ese «todo» es mucho más.
Ser médico rural en verano implica además ciertos riesgos que pueden poner en juego la seguridad de los pacientes que nos visitan. Se me ocurren varios ejemplos, pero recuerdo a una paciente con especial cariño.
Una mañana de junio entró en mi consulta una mujer de más de 80 años. Venía de otra comunidad para pasar los tres meses de verano en el pueblo de su juventud. Consultaba «simplemente» por molestias urinarias. Me presenté y quise conocerla mejor. Me contó muchas cosas de su vida, pero cuando intenté reconstruir su historia clínica —las enfermedades padecidas, la limitación que la obligaba a usar andador, la medicación que había traído consigo— no pudo recordar nada. Acordamos tratar su infección de orina, pero le insistí en la importancia de conseguir al menos su receta y los informes médicos, puesto que durante los siguientes tres meses iba a ser su médica.
Pasaron los días, las semanas, no llegaron los informes. Llegué yo corriendo a su casa donde se había caído y golpeado en la cabeza y en la espalda, después de un fuerte mareo que no le permitía levantarse. Yo desconocía entonces su diabetes, su hipertensión, su problema cardíaco y que tomaba varias medicaciones a diario. Medicaciones que, además de provocar infecciones de orina, le habían causado mareos similares al que terminó en un golpe de calor, una sutura en la frente, una vértebra aplastada y semanas de reposo en cama.
Solo cuando logramos conocer y ajustar su tratamiento previo pudimos corregir la causa. Aun así, me pesa no haber podido prevenir la caída y todo lo que vino después. Porque solo conociendo a las personas puedo hacer mi trabajo con seguridad.
En un país donde cada comunidad autónoma es un mundo y la información sanitaria se comparte con dificultad, es fundamental que los pacientes mayores o frágiles viajen con su receta médica y un informe de salud. Por eso sé que los que yo llamo «pacientes de verano» —que en la informática del sistema se denominan «desplazados»— suponen un verdadero reto. Un reto para el que no estamos preparados, ni el sistema sanitario, ni sus recursos humanos, ni los propios pacientes.
Ser su «médica de verano» implica no solo atenderlos, sino hacerlo en las mejores condiciones, y también compartir la información cuando regresan a sus lugares de residencia. Porque siempre llega septiembre: los abuelos despiden a sus nietos, las casas rurales se vacían, las familias se reagrupan y los pueblos vuelven a ser un poco más silenciosos. El calor se despide hasta el próximo verano. Ojalá entonces nos encuentre más preparados.
María Escorihuela. Médica de Familia y Comunitaria

