Hay lugares a los que uno vuelve y parece que el tiempo no ha pasado. Tengo la misma sensación siempre que regreso a mi pueblo. Una pequeña aldea situada en un valle de la región de Muntenia de mi Rumanía natal. Pueden haber pasado veinte años, haber recorrido miles de kilómetros y haber construido mi vida lejos de aquí, pero basta con volver a pisar este camino de tierra para recordar quién soy. Porque creo que un pueblo nunca se abandona.
El mío fue mi mundo cuando era niña, viví aquí los primeros once años de vida. Un mundo sin Internet, sin tantas comodidades, sin las prisas propias de nuestros días, y quizás por eso lleno de tiempo. El reloj lo marcaba el cuco por las mañanas y los grillos por las noches. La rutina la comenzaban las vacas yendo a pastar desde muy temprano y las cosechas dependiendo de la temporada.
A duras penas sigue en pie una pequeña caseta de madera a la entrada del bosque donde los niños del pueblo jugábamos a ser mayores. Derrotada por el paso de los años sigue guardando las rayuelas que dibujamos en sus viejas paredes. Son las huellas de una infancia que se resiste a desaparecer del todo. Teníamos apenas nada en lo material, pero la alegría, la inocencia y la imaginación para llenarlo todo.
Muchos de los mayores del pueblo ya no están. Tampoco están mis abuelos, quienes me criaron, ni el viejo cerezo a mitad de camino entre su casa y el huerto que guarda tantas aventuras... La escuela ha cerrado porque ya no hay suficientes niños.
Pero en este principio de octubre los frutales siguen dando sus frutos, los colores rojizos propios del precioso otoño tiñen el paisaje y las noches frescas repletas de estrellas se abren paso a los días aún soleados. Los claros del bosque donde íbamos a buscar moras y las colinas del campo infinito que tantas veces correteamos se han convertido en estampas de mis recuerdos. Es cierto, mi pueblo ya no es el mismo, sobre todo por las personas que perdí. Pero me dio lo que siempre permanecerá, una identidad y un hogar al que tengo la suerte de volver.
Iulia Marinescu


Magnífico artículo, Iulia
Un bellísimo artículo, pleno de emotividad. Me ha recordado el libro «La doble ausencia: De las ilusiones del emigrado, a los padecimientos del inmigrado», el testamento científico del sociólogo franco-argelino Abdelmalek Sayad, fallecido en 1998. El título se explica por la doble paradoja de la condición de los inmigrantes en Francia, en contraste entre las ilusiones de quien emprende el viaje y la frustración, con sus correspondientes padecimientos, de quien está asentado en otro país: a caballo entre dos sociedades, y se sienten que no pertenecen finalmente a ninguna. De ahí la doble ausencia. Hay una canción de un cantautor cabileño y narrador de la emigración, Sliman Azzem, que refleja muy bien esa doble ausencia, titulada Las tres edades de la emigración: “Mi corazón, sin embargo, reflexiona/ si debe quedarse o irse/ si debe irse o quedarse/ ni se ha ido ni se ha quedado/ ni se ha quedado ni se ha ido/ su enfermedad se ha hecho crónica/ Y su vida, desdichada, pende de un hilo/”.
Iulia, gracias por compartir un texto tan hermoso y evocador. Hay artículos que informan, otros que hacen pensar y algunos, como el tuyo, que consiguen despertar emociones, rescatar recuerdos y devolvernos por un instante a lugares y personas que siguen formando parte de nosotros. Gracias por recordarnos que hay raíces que ni el tiempo ni la distancia consiguen borrar.