Hay lugares a los que uno vuelve y parece que el tiempo no ha pasado. Tengo la misma sensación siempre que regreso a mi pueblo. Una pequeña aldea situada en un valle de la región de Muntenia de mi Rumanía natal. Pueden haber pasado veinte años, haber recorrido miles de kilómetros y haber construido mi vida lejos de aquí, pero basta con volver a pisar este camino de tierra para recordar quién soy. Porque creo que un pueblo nunca se abandona.

El mío fue mi mundo cuando era niña, viví aquí los primeros once años de vida. Un mundo sin Internet, sin tantas comodidades, sin las prisas propias de nuestros días, y quizás por eso lleno de tiempo. El reloj lo marcaba el cuco por las mañanas y los grillos por las noches. La rutina la comenzaban las vacas yendo a pastar desde muy temprano y las cosechas dependiendo de la temporada.

A duras penas sigue en pie una pequeña caseta de madera a la entrada del bosque donde los niños del pueblo jugábamos a ser mayores. Derrotada por el paso de los años sigue guardando las rayuelas que dibujamos en sus viejas paredes. Son las huellas de una infancia que se resiste a desaparecer del todo. Teníamos apenas nada en lo material, pero la alegría, la inocencia y la imaginación para llenarlo todo.

Muchos de los mayores del pueblo ya no están. Tampoco están mis abuelos, quienes me criaron, ni el viejo cerezo a mitad de camino entre su casa y el huerto que guarda tantas aventuras... La escuela ha cerrado porque ya no hay suficientes niños.

Pero en este principio de octubre los frutales siguen dando sus frutos, los colores rojizos propios del precioso otoño tiñen el paisaje y las noches frescas repletas de estrellas se abren paso a los días aún soleados. Los claros del bosque donde íbamos a buscar moras y las colinas del campo infinito que tantas veces correteamos se han convertido en estampas de mis recuerdos. Es cierto, mi pueblo ya no es el mismo, sobre todo por las personas que perdí. Pero me dio lo que siempre permanecerá, una identidad y un hogar al que tengo la suerte de volver.

Iulia Marinescu