Mira por dónde me dio por hablar con ellos en lugar de mirarlos con recelo y prejuicios; eran tres jóvenes nacidos ya en Caspe (uno de ellos me precisó que en Alcañiz, por el hospital), pero los tres se sentían y consideraban caspolinos. Los tres eran buenos estudiantes y hablaban un castellano con buena dicción y vocabulario; eso sí, sus orígenes familiares eran de muy lejos de Caspe: Pakistán, Marruecos y Argelia. Ninguno mostró recelo ni prevención en hablar conmigo, al contrario, parecían estar a gusto haciéndolo. A Musa, que me dijo ser buen estudiante, le pregunté si le gustaba Caspe, y me contestó muy resuelto: "¿cómo no me va a gustar si es mi pueblo?".

Frente a esos "nuevos caspolinos" están los "caspolinos viejos", con tradiciones arraigadas, esos que han ensayado más de un mes para tocar el tambor y procesionar en la Semana Santa, siguiendo una tradición que yo vi nacer a partir de los años 60 del pasado siglo.

En el Bar El Molino de la avenida de Joaquín Costa, atendido por pakistaníes, dicen muchos que es dónde mejor tortilla de patata se come hoy día en Caspe. A mí me la recomendó el recordado Manuel Bonastre.

Cada vez hay más calles de Caspe en las que al pasar por ellas se huele a cuscús o a tajín; y ya es frecuente que nos sentemos en las terrazas de El Desván en la calle Mayor, en Flor de Luna en la plaza de la Virgen, o en la Cafetería Aragón en la plaza del mismo nombre, todos ellos propiedad de gente llegada de diversos y lejanos países. No es raro, en Caspe, que nos hayamos cortado el pelo, o rasurado, en alguna de las media docena de barberías abiertas por emigrantes; o comprado fruta y otros productos a horas en que antes el comercio estaba cerrado.

Abdula está sentado en los Jardines de la iglesia, junto a la Tumba de Miralpeix, el monumento caspolino que nos liga a la cultura romana occidental. Abdula tiene dieciséis años, pero vino a Caspe con cuatro, por lo que es un caspolino más; Abdula juega al cricket, y quiere dedicarse al deporte.

Como veis, estamos viviendo un Caspe sumido en cambio y desarrollo demográfico y cultural. Un Caspe lleno de niños y jóvenes, fuera del drama de la despoblación. Un Caspe que necesita aulas y profesores. Más servicios sanitarios y culturales formativos. Un Caspe que necesita que se creen puestos de trabajo para estos jóvenes. Tenemos, pues, un Caspe vivo y en crecimiento, que necesita el apoyo de todas las Administraciones Públicas para aprovechar positivamente este momento. Ánimo, Alcaldesa; a por ello.

Alejo Lorén