Hay escenas que se repiten en muchos hogares y colegios. Un niño inteligente, curioso, con habilidad para expresarse, pero que suspende matemáticas. U otra circunstancia, una niña trabajadora, responsable, que se esfuerza cada tarde en hacer sus deberes y aun así no avanza al ritmo esperado. En muchas ocasiones estas situaciones las hemos reducido a «uno es de letras o de ciencias» o «tiene o no tiene capacidad». En mi etapa como maestro, en ocasiones escuchaba cosas como «no da para más». Es cómodo realizar ciertas aseveraciones sobre un hecho observable, pero resulta injusto y reduccionista. Desde hace años, la ciencia viene diciendo algo muy distinto: el éxito escolar no depende solo de la inteligencia, sino de algo menos visible y mucho más entrenable: las funciones ejecutivas.
Las funciones ejecutivas son las herramientas que permiten organizar, planificar, mantener la atención, controlar impulsos, recordar lo importante y adaptarnos cuando algo no sale como esperábamos. En otras palabras, son las que nos ayudan a aprender a aprender. Sin ellas, da igual cuántos conocimientos tengamos: no sabemos usarlos bien.
Recuerdo con especial cariño mi primer artículo científico, posiblemente la mejor investigación que he realizado hasta ahora, o por lo menos, la más útil. En una amplia revisión científica con miles de estudiantes de primaria se confirma con claridad: las funciones ejecutivas predicen el rendimiento académico tanto o más que el tradicional cociente intelectual. Y dentro de ellas, una destaca especialmente: la memoria de trabajo. Esa capacidad que permite retener información mientras la usamos, seguir los pasos de un problema, comprender un texto largo o no perderse en una explicación en clase. Cuando esta función falla, no estamos ante falta de inteligencia. Estamos ante dificultades de gestión cognitiva. El niño sabe, pero no puede sostener lo que sabe. Quiere, pero no llega. Y eso cambia por completo la mirada educativa.
El problema es que seguimos evaluando a muchos alumnos como si todos partieran del mismo punto. Les pedimos que se organicen solos, que planifiquen tareas complejas, que se concentren durante horas, que recuerden instrucciones largas… sin haberles enseñado nunca cómo hacerlo. Después nos sorprende el fracaso, la desmotivación o la desconexión escolar. Esto se nota especialmente en matemáticas. No porque sean «más difíciles», sino porque exigen un alto nivel de exigencia en el funcionamiento ejecutivo: mantener datos en mente, seguir un orden, inhibir errores impulsivos, cambiar de estrategia si una no funciona. No es casualidad que tantos niños digan «las mates no son lo mío», cuando en realidad nadie les ha ayudado a entrenar las habilidades que las sostienen.
Sin embargo, hay algo esperanzador en todo ello, y es que las funciones ejecutivas se desarrollan y se entrenan, especialmente en la infancia. No son un rasgo fijo ni una condena. Juegos, movimiento, hábitos, rutinas claras, actividades que exijan planificación, autocontrol y flexibilidad… Todo eso educa el cerebro. Mucho más que repetir ejercicios mecánicos. Por tanto, aquí hay una pregunta que como sociedad deberíamos hacernos: ¿Estamos enseñando contenidos o estamos enseñando a pensar? Porque si seguimos midiendo solo resultados, sin mirar los procesos, seguiremos perdiendo potencial de aprendizaje. Seguiremos confundiendo dificultad con falta de capacidad. Y seguiremos cargando a docentes, niños y familias con una culpa que no les corresponde.
Seguramente es una cuestión de comprensión, reflexión y enfoque. Debemos dejar de preguntar solo «¿qué nota ha sacado?» y empezar a preguntarnos qué apoyos necesita, qué habilidades hay que fortalecer y cómo acompañar mejor su aprendizaje. Por supuesto, con medios y recursos al profesorado y a las familias.
No es que muchos niños no puedan. Es que nadie les enseñó, todavía, cómo hacerlo.
Alberto Quílez. Director de la Cátedra Caja Rural de Teruel para el Desarrollo del Talento y la Personalización del Aprendizaje

