La Navidad tiene algo de auditoría moral. Un cierre de ejercicio con luces, villancicos y facturas que llegan cuando ya nadie quiere mirar el Excel. Es la época en la que proclamamos valores universales mientras discutimos por el último langostino; en la que defendemos la igualdad con la boca llena y los deberes con la boca pequeña. La Navidad, esa gran prueba de coherencia.

Empecemos por los derechos. En diciembre todos los tenemos clarísimos. El derecho a volver al pueblo «aunque sea una hora». El derecho a opinar de todo («yo no soy experto, pero…»). El derecho a que nos perdonen lo impresentable porque «es Navidad». Y, por supuesto, el derecho a la felicidad obligatoria: si no sonríes, sospecha; si no brindas, traición; si no te emocionas, expediente. La felicidad navideña es como el turrón duro: no admite matices, se parte a golpes.

Luego están los deberes, esa palabra que en Navidad se pronuncia en voz baja, como si pudiera estropear el ambiente. Deber de escuchar al cuñado sin lanzar el mando a distancia. Deber de preguntar «¿qué tal todo?» y aguantar la respuesta. Deber de llegar a tiempo, de colaborar, de recoger. Deber, incluso, de juntarse con quien nunca lo haces ni lo harías y recordar a quienes no están sin convertir el recuerdo en un concurso de anécdotas. El problema es que los deberes no brillan: no llevan luces LED ni papel dorado. Por eso se esconden debajo del mantel.

Y llegamos a la igualdad, el gran lema que colgamos del árbol como una bola más. Igualdad de oportunidades, sí; igualdad de trato, claro; igualdad… hasta que toca repartir tareas, tiempos y silencios. Entonces aparecen las excepciones: «yo es que cocino fatal», «yo es que trabajo mucho», «yo es que siempre he sido así». La igualdad se defiende con fervor… siempre que no nos cambie el sitio en la mesa ni nos obligue a levantarnos del sofá.

La Navidad es un máster acelerado en contradicciones. Pedimos paz mundial con el mismo entusiasmo con el que discutimos por el volumen de la televisión. Reivindicamos la familia mientras evitamos conversaciones incómodas como si fueran minas antipersona. Aplaudimos la solidaridad en anuncios emotivos y, acto seguido, nos quejamos de que «esto ya no es como antes». Quizá porque antes éramos menos o más, o porque antes mirábamos menos.

También es la temporada alta del igualitarismo selectivo. Todos iguales, sí, pero que alguien más ponga la mesa. Todos solidarios, pero que donen otros. Todos responsables, salvo cuando toca reciclar, conducir con prudencia o apagar el móvil para escuchar de verdad. Es curioso: los derechos se sienten como regalos; los deberes, como impuestos.

Y sin embargo —aquí va la herejía— la Navidad podría ser la hora de la verdad. La oportunidad de probar si lo que decimos durante el año aguanta el calor del comedor. Si la igualdad se traduce en turnos, si los derechos conviven con obligaciones, si la crítica se vuelve propuesta. La oportunidad de practicar una ética doméstica: pequeña, concreta, incómoda y eficaz. No salvar el mundo, pero sí mejorar la sobremesa.

La verdad navideña no está en el discurso, sino en el gesto. En quién escucha, quién cede, quién pregunta sin ironía. En quién entiende que igualdad no es uniformidad, y que los deberes no restan derechos: los sostienen. En quién acepta que convivir es un ejercicio de ingeniería fina, no un eslogan. En quien comprende que amar no es gratuito.

Así que brindemos, claro. Pero brindemos con algo más que palabras. Hagamos un pacto sencillo: menos proclamas y más coherencia; menos «yo tengo derecho» y más «me toca». Si la Navidad sirve para algo, quizá sea para recordarnos que la igualdad empieza en el hogar, que los derechos caminan con los deberes, y que la verdad —esa sí— no se envuelve para regalo. Se practica.

Alberto Quílez. Director de la Cátedra Caja Rural de Teruel para el Desarrollo del Talento y la Personalización del Aprendizaje