Oigan, que esto va en serio. Miren lo que ha ocurrido desde que en los 90 y pico del pasado siglo algunos augures nos advertían de forma premonitoria que el asunto de las Redes digitales, de las páginas web y del intrusismo e individualismo feroz de la nueva dictadura digital se volvería una revolución radical más o menos incruenta –sin contar la guerra de drones– que nos iba a fastidiar la vida, la sociedad, la política y las costumbres. Y eso sin hablar de los derechos humanos, que más bien se han convertido (gracias sin duda alguna a la nueva civilización del móvil y las pantallas inteligentes) en desechos humanos. Véanse Gaza, Ucrania, Sudán, Estados Unidos, Rusia, Turquía, Venezuela, Siria, Congo...
Pero como decía Valle-Inclán, no nos volvamos magníficos... un poco de cordura. Viene lo anterior a algo que supuso mucha tinta, ingenio y propuestas. Había que ordenar legalmente ese nuevo mundo. Nadie se atrevió demasiado. Era cuestionar la fuente de dinero y poder que en realidad representaba internet (a todos los niveles). Así que más valía no «meneallo» en demasía. Y así nos va a todos: desde la delincuencia digital, los abusos, el espionaje, el asalto a la privacidad y muchos etcéteras.
Pues bien, en estos días, treinta y pico años más tarde, empiezan a alzarse voces preventivas: neurocientíficos, expertos en la capacidad digital y en los avances de la I.A., analíticos del nuevo paradigma, médicos, neurólogos y estudiosos del cerebro, filósofos, ideólogos, biólogos, cirujanos... Y es que la cosa promete: nos olvidamos de legislar hace unos años de forma conveniente y eficaz los efectos de las Redes en el ciudadano, la sociedad, la educación, la familia y las costumbres, y ya ven cómo nos va.
Por tanto... ojo avizor: las nuevas tecnologías aplicadas al cerebro humano permiten leer sus actividades y el pensamiento, lo manipulan y cambian para que se ajusten a los fines deseados, causan cambios de personalidad puesto que actúan sobre los lugares en los que nuestro cerebro forma esos elementos: ya puede usted mover un cursor con la mente (y no es magia). Sus posibilidades en campos tan suculentos como la comunicación –hablar y entender los idiomas más variados–, actividades bélicas, memoria de elefante a gusto del que paga... y todo ello no al servicio de todos, sino del que disponga de los fondos o influencia adecuados. La identidad mental –el yo– será un elemento a cincelar y esculpir a través de manipulación cerebral.
Y ese es el asunto: ¿dejaremos que se nos escape, otra vez, la necesaria regulación mundial de los derechos humanos en el terreno del cerebro y la mente? Tal y como van las cosas, en lugar de esperar una mejora del ser humano en cuanto tal, con posibilidades mentales superiores y su correlato de mejoras en patologías gravísimas, desde la ceguera a la esquizofrenia, la psicosis o el alzheimer, se instaurará una neurología que, como suele suceder, estará al servicio de los poderosos políticos u económicos. Sin neuroderechos, tendremos «Matrix» a la vuelta de la esquina.
Alberto Díaz Rueda. LOGOI

