Estamos a las puertas de una campaña electoral, donde todos los partidos sacarán sus mejores intenciones para convencernos de que les votemos. Todos nos mostrarán su cara súper comprometida por el bien común. ¿Pero... al día siguiente de las elecciones qué va a quedar de eso? ¿Se acordarán de hacer política aplicando esos valores como la justicia de los que tanto habrán alardeado durante la campaña electoral?
Aunque la mayoría sí que lo hará, desgraciadamente habrá algunos que no. Actualmente estamos contemplando atónitos cómo cada día se destapan presuntos escándalos de corrupción, abusos sexuales, etc. Son políticos que sucumben ante el dinero fácil, ante la vanidad, y ante su gusto por la ostentación. Pretenden darse un nivel de vida alto apoyándose en la preponderancia que les da su cargo político.
Para alcanzar ese nivel de vida echarán mano del dinero de todos, de la caja común, o bien porque son incapaces de alcanzarlo honradamente con su trabajo, porque tal vez no den más de sí, o bien porque su avaricia, su vanidad, y su ostentación no tengan límites. ¡Qué ilusos! ¡Qué imbéciles! Se dejan llevar por los excesos y por la avaricia, viven su día a día tratando de ocultar sus malas artes, lo cual les aporta inquietud, infelicidad y malestar continuo, pues continuamente han de estar pensando cómo ocultar sus robos y sus fechorías.
Y se les olvida que la vida no es más que un camino por el que todos transitamos, y que cuando ese camino se nos acaba no nos llevamos nada material, ni dinero, ni posesiones, ni nada.
Ilusos e imbéciles que habrán desaprovechado desde su posición preponderante, una oportunidad para pasar a la historia, dejándonos un legado como los grandes personajes históricos. Ese legado de honradez, de lealtad, de hacer el bien común es eterno, siempre queda para la posteridad, lo otro es efímero, volátil, tan rápido como les habrá venido se les irá.
Antes de corromperse por los caminos del materialismo superfluo, que les aportará ese bienestar efímero a cambio de miedo y continuo desasosiego, deberían de pensar en la felicidad que nos produce el hecho de hacer el bien, cuando ayudamos al prójimo desinteresadamente. Esa sensación del deber cumplido aprovechado para el bien común, y no para el propio, el efímero paso por la política.
Ojalá este artículo consiga hacer reflexionar a uno sólo de ellos antes de dejarse llevar por los vicios del poder. Ojalá que llegue un día que todos los cargos políticos de todos los partidos estén ocupados por gentes de bien.
Juan Carlos Abella. PAR / Valderrobres

