Hace un tiempo me crucé con una reflexión que me resultó del todo interesante y a la que he vuelto en más de una ocasión. La escuché en «La cena de los idiotés», de Cadena SER. El tertuliano en cuestión comentaba que uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan los jóvenes de hoy en día es a la gran cantidad de oportunidades que se les presentan. Y, por tanto, a la gran cantidad de decisiones que deben tomar, la mayoría de ellas cuando todavía son muy pequeños. Ponía un ejemplo: si hace algo más de un siglo nacías en una familia de herreros tu destino era ser herrero. Salvo excepción, no había mayor posibilidad que esa. Aseguraba que ese conformar proporcionaba una tranquilidad de la que no eran siquiera conscientes, pues a pesar de lo injusto les acababa librando de la enorme responsabilidad que supone escoger quiénes querían ser. Para bien o para mal, muchas de las variables que conformaban sus vidas les venían dadas desde la cuna. En cambio, hoy en día hay tantas posibilidades respecto a casi todo que hacen que construir la identidad propia sea una tarea extremadamente complicada. En mi generación no solo hemos podido escoger nuestra profesión, sino también dónde queremos vivir, cómo queremos hacerlo, con quién e incluso cómo queremos que se refieran a nosotros. Hemos reflexionado sobre todo eso y más, y hemos decidido sobre ello de manera consciente o inconsciente. Por supuesto, no quiero decir que esto sea algo negativo, pero sí hace que nuestro contexto sea muy distinto al de generaciones pasadas. Esa preocupación constante ha hecho que acabemos abordando de la misma forma las cosas importantes y las que no lo son y que, además, tengamos miedo a renunciar, a perdernos algo como consecuencia de nuestras elecciones. Me doy cuenta entonces de que andamos siempre inquietos, preocupados, tratando de agarrar las riendas de nuestras vidas, en constante cambio, en constante crisis de identidad, en busca de un nuevo trabajo, del progreso, de un giro más, de un nuevo lugar, de una nueva persona, de un futuro que llega demasiado rápido… Y, a pesar de todos esos esfuerzos, tengo la sensación de que solo somos niños cansados con gabardina deseando volver de vez en cuando a casa de nuestros padres para no tener que pensar también qué cenar aquel día.
Alicia Martín. A quien quiera leer
Niños con gabardina
Hace un tiempo me crucé con una reflexión que me resultó del todo interesante y a la que he vuelto en más de una ocasión


El artículo es muy bonito, la verdad, pero me temo que discrepo en un punto, cuando hace un siglo o más nacías en una familia de herreros, podías elegir lo que quisieras, pero claro es mucho más cómodo, más rentable y más fácil aprovechar tener en casa los maestros, el negocio, la inversión y los clientes, lo dificil es salir fuera, en eso no ha cambiado mucho la cosa, también hoy los hijos de tenderos son tenderos, los de abogados son abogados, los de arquitectos son arquitectos, y los de constructores son constructores.
Pues toda la razón, pero con matices. Había quien no podía seguir con lo que hacia su padre por ser muchos hermanos o por que era jornalero y había que buscarse la vida.
Hoy la vida ofrece mas variantes y nuestro mundo, también exige mas, pues lo que tu dices que antes era fácil por seguir con lo de la familia, hoy nadie quiere seguir con lo familiar, o muy pocos, tiendas ,bares, pequeños talleres, etc. sobre todo en los pueblos, llegada le fecha de jubilación del titular, se venden, cierran o traspasan.
Hoy en la vida y los tiempos que nos han tocado vivir, hay que tomar muchas mas decisiones, y el que no las toma pues va quedando en el vagón de cola.
Incluso en los temas políticos, los que no se enteran bien de que va la movida de unos y otros, acaba siendo como los papagayos, repitiendo lo que dicen unos u otros, y escuchado a los que gritan mas, en lugar de a los que explican mas.
Creo que hay que quitarse la gabardina y mojarse, y si se coge algún resfriado pues ya se pasara, pero el que no arriesga no pesca.
Pues toda la razón, pero con matices. Había quien no podía seguir con lo que hacia su padre por ser muchos hermanos o por que era jornalero y había que buscarse la vida.
Hoy la vida ofrece mas variantes y nuestro mundo, también exige mas, pues lo que tu dices que antes era fácil por seguir con lo de la familia, hoy nadie quiere seguir con lo familiar, o muy pocos, tiendas ,bares, pequeños talleres, etc. sobre todo en los pueblos, llegada le fecha de jubilación del titular, se venden, cierran o traspasan.
Hoy en la vida y los tiempos que nos han tocado vivir, hay que tomar muchas mas decisiones, y el que no las toma pues va quedando en el vagón de cola.
Incluso en los temas políticos, los que no se enteran bien de que va la movida de unos y otros, acaba siendo como los papagayos, repitiendo lo que dicen unos u otros, y escuchado a los que gritan mas, en lugar de a los que explican mas.
Creo que hay que quitarse la gabardina y mojarse, y si se coge algún resfriado pues ya se pasara, pero el que no arriesga no pesca.
Hoy por hoy, lo cierto es que tomar una decisión es mucho más fácil que en la antigüedad, todo el mundo quiere ser deportista de élite, tiktoker, youtuber, influencer, creador de contenidos, tertuliano, payaso de telecinco y sus programas autofagocitables y denigrantes, tertuliano, cantante o famoso sin más. Luego pasa lo que pasa, pero eso ya pasaba antes también que los sueños, sueños son, como dijo un tal Calderón, y que o te ganas las vida pasando droga, o en un super, de cajero, o en la dura carretera de señalizador o viviendo de ayudas sociales, si has descubierto como hacer que sean inagotables, en nuestra sociedad políticamente correcta e hipócrita. El resto, buscaron unos estudios, una carrera, un oficio, o empezaron a buscarse la vida y la vida les sonrió, la única diferencia es que actualmente si tienes inteligencia o ganas de esforzarte, los estudios son gratis, y entonces, si eras de familia pobre, necesitabas un «protector», mecenas, chulo, meretriz, madame o como se dice ahora un sugar baby, que te tocase el culo ( o cosas peores) y te pagase los gastos.