Hace un tiempo me crucé con una reflexión que me resultó del todo interesante y a la que he vuelto en más de una ocasión. La escuché en «La cena de los idiotés», de Cadena SER. El tertuliano en cuestión comentaba que uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan los jóvenes de hoy en día es a la gran cantidad de oportunidades que se les presentan. Y, por tanto, a la gran cantidad de decisiones que deben tomar, la mayoría de ellas cuando todavía son muy pequeños. Ponía un ejemplo: si hace algo más de un siglo nacías en una familia de herreros tu destino era ser herrero. Salvo excepción, no había mayor posibilidad que esa. Aseguraba que ese conformar proporcionaba una tranquilidad de la que no eran siquiera conscientes, pues a pesar de lo injusto les acababa librando de la enorme responsabilidad que supone escoger quiénes querían ser. Para bien o para mal, muchas de las variables que conformaban sus vidas les venían dadas desde la cuna. En cambio, hoy en día hay tantas posibilidades respecto a casi todo que hacen que construir la identidad propia sea una tarea extremadamente complicada. En mi generación no solo hemos podido escoger nuestra profesión, sino también dónde queremos vivir, cómo queremos hacerlo, con quién e incluso cómo queremos que se refieran a nosotros. Hemos reflexionado sobre todo eso y más, y hemos decidido sobre ello de manera consciente o inconsciente. Por supuesto, no quiero decir que esto sea algo negativo, pero sí hace que nuestro contexto sea muy distinto al de generaciones pasadas. Esa preocupación constante ha hecho que acabemos abordando de la misma forma las cosas importantes y las que no lo son y que, además, tengamos miedo a renunciar, a perdernos algo como consecuencia de nuestras elecciones. Me doy cuenta entonces de que andamos siempre inquietos, preocupados, tratando de agarrar las riendas de nuestras vidas, en constante cambio, en constante crisis de identidad, en busca de un nuevo trabajo, del progreso, de un giro más, de un nuevo lugar, de una nueva persona, de un futuro que llega demasiado rápido… Y, a pesar de todos esos esfuerzos, tengo la sensación de que solo somos niños cansados con gabardina deseando volver de vez en cuando a casa de nuestros padres para no tener que pensar también qué cenar aquel día.

Alicia Martín. A quien quiera leer