En las casas donde falta alguien, el luto no entiende de decretos ni calendarios. Tiene la forma de una silla vacía, de una llamada que ya no llegará, de un abrazo suspendido para siempre. Estos días las banderas ondean a media asta por las víctimas de los trenes accidentados en Urda. Habrá que conocer la verdad y exigir responsabilidades, pero ninguna explicación podrá devolver una vida.
La justicia y el consuelo no son enemigos, sin embargo, el cerebro soporta mal el vacío. Cuando algo nos desgarra, la mente se apresura a reconstruir los hechos, encontrar una causa, señalar un culpable. Necesita creer que todo tiene una explicación porque aceptar lo irreversible nos deja indefensos. La psicología llama rumiación a ese ruido mental que gira una y otra vez sobre nuestras heridas. A veces pensamos tanto para no tener que sentir.
La ira nos parece más soportable que la tristeza, y el odio más cómodo que el miedo o la empatía. Y, así, nos aferramos a lo que creemos que podemos combatir para no mirar de frente aquello que ya no podemos cambiar. Mientras la cabeza se llena de violencia, de toxicidad, el corazón apenas encuentra espacio para procesar, llorar o entender. No todo lo que duele tiene un culpable, ni todo lo que tiene culpable se cura encontrándolo.
El médico Mario Alonso Puig propuso en Zaragoza un ejercicio tan sencillo como conmovedor este lunes en el auditorio. Mirarse a los ojos y decir en silencio a quien estaba enfrente, fuera un ser querido o un desconocido, «creo en ti, no te voy a abandonar, no eres culpable, te doy mi amor». No hubo discursos. Hubo lágrimas, ternura, dolor, sonrisas emocionadas, empatía. Un silencio inmenso llenó el espacio de humanidad y todos los ojos podían ofrecer refugio. Cuánta falta nos hace esa misma compasión en el día a día.
También hay territorios que llevan décadas despidiéndose sin ceremonia de sus trenes, de sus estaciones, de quienes se fueron buscando un futuro al otro lado de las vías. Son pérdidas de otra naturaleza, desde luego, pero cuentan algo de nuestra forma de construir país. Mientras unos viajan a gran velocidad, otros seguimos esperando trenes de ida y vuelta, para que marcharse no sea la única forma de avanzar.
A un mes del 29-N, sería hermoso que la política encontrara tiempo para escuchar antes de señalar, para reparar antes de levantar otra trinchera. También nosotros necesitamos serenidad para no confundir el voto con un ajuste de cuentas. El rencor y la venganza pueden encontrar alivio en las urnas, pero difícilmente dibujarán el país que necesitamos. Nuestros pueblos llevan demasiado tiempo contando despedidas cuando merecemos volver a contar llegadas.
En este puente de Todos los Santos se suspenden algunas fiestas del miedo mientras los cementerios se llenarán de flores. Me conmueve esa obstinación de la luz. Manos que limpian una lápida, colores sobre la piedra fría, nombres que alguien pronuncia todavía con amor. Las flores conservan la belleza de cuanto nos regalaron quienes ya no están. Creo que transitar un duelo es también eso, aprender a recordar sin convertir la ausencia en una condena.
De Adamuz a Toledo, el dolor merece mucho más que minutos de silencio. Requiere empatía, verdad y responsables capaces de mirar el horror de frente, reconocer errores, asumir sus consecuencias y dimitir cuando corresponda. Una sociedad madura sabe que equivocarse es humano, pero también que la responsabilidad exige responder por las decisiones tomadas.
No necesitamos que nos administren el miedo ni que nos oculten la verdad para protegernos de ella. Deberíamos ser capaces de comprender, de exigir y de perdonar sin renunciar a la justicia. Decidamos si queremos vivir permanentemente contra alguien o dedicar nuestra energía a construir aquello que nos une. Los minutos de silencio de estos días no están vacíos. Llénenlos con los pensamientos que de verdad desean alimentar. No aparten la mirada y no se suban al túnel del terror.
Eva Defior. Sexto Sentido


Estimada Eva, tocas un tema que nos hace vibrar hasta la última fibra de nuestra alma, no todos los comentarios me gustan, pero este, me ha hecho soltar una lágrima, gracias, un artículo precioso.