El aleteo de una mariposa en la Amazonia no solo altera tímidamente el aire que la rodea, sino que este acto natural de estos pequeños animales forma parte de una cadena invisible que conecta bosques, selvas, océanos y climas lejanos. No es de extrañar, entonces, que el talado indiscriminado de árboles en esta zona, llamada el «pulmón del mundo», termine afectando a los arrecifes del Índico, a corrientes atmosféricas y, lo más curioso, al equilibrio cromático del planeta.

La ciencia lo confirma: el mundo está perdiendo su color. Porque la vida, cuando se empobrece, se apaga. Estamos en un periodo oscuro, nunca mejor dicho. La Tierra está entrando en una era de tonos apagados.

En Brasil, un estudio reciente ha observado que varias especies autóctonas de mariposas, con sus alas llenas de tonos azules o rojos intensos, están mutando a marrones y grises. Y este es solo un pequeño ejemplo de lo que está sucediendo en la naturaleza.

También en los océanos, los corales se blanquean, el mar vira tristemente hacia un azul turbio por la proliferación de algas. En los campos agrícolas se ha sustituido el verde por un amarillo amarronado, la vida a cambio del rendimiento. Incluso desde el espacio, dicen los expertos, la Tierra refleja este desgaste. El planeta, antes blanco y azul, ahora cuenta también con el gris, y brilla menos. Y no es por una mayor eficiencia energética, sino porque estamos «drenando» su vitalidad.

El color no es simplemente un asunto de estética o decoración. Cumple con unas funciones esenciales en los distintos ecosistemas: comunicación, camuflaje, reproducción, supervivencia.

Nos dirigimos hacia un mundo más gris, más frágil, más vulnerable.

La agricultura industrial y la ganadería, la deforestación masiva y el cambio climático no solo destruyen hábitats. Están obligando a muchas especies a desaparecer en su lucha por sobrevivir. A este fenómeno se le denomina ‘decoloración ecológica’, y es uno de los indicadores más claros del deterioro de nuestro planeta.

Es triste ver cómo seguimos ignorando las consecuencias de nuestra «explotación» del planeta, probablemente por encontrarnos sobresaturados de información, de malas noticias, en un contexto plagado de guerras y catástrofes.

La buena noticia es que está demostrado que donde la fauna y la flora se regeneran, el color vuelve. Aún estamos a tiempo. Siempre que comprendamos que proteger el color del mundo es, en esencia, conservar la vida.

Laura Quílez.