Ya no hacemos planes a diez años. Ni siquiera a cinco. A veces cuesta saber qué ocurrirá el año que viene. Hacemos planes hasta que termine el contrato: el laboral, el del alquiler, el de esa vivienda que quizá tengamos que abandonar si el casero decide vender. Ya saben de qué hablo.

Todo resulta todavía más difícil cuando hablamos de hipotecas eternas (si tenemos la suerte de poder acceder a una), de precios de la vivienda disparados y de una inestabilidad que se ha instalado como parte de nuestro paisaje vital. Siempre hay una fecha límite. Un contrato que termina. Una renovación que depende de alguien. Una cuota que sube. Un gasto que no estaba previsto.

Nos estamos acostumbrando a vivir al límite. Esto es, en cierto modo, una oda a la incertidumbre.

No es solo que vivir sea caro. Es que hemos normalizado que cualquier pequeño imprevisto pueda desmontarnos económicamente. Se estropea la nevera, el ordenador decide jubilarse, se inunda el baño o… Dios no lo quiera, aparece una avería en el coche. Estos gastos, que deberían ser simplemente inconvenientes, pueden convertirse en un problema que arrastremos durante varios meses.

Hablo, sobre todo, desde el punto de vista de los que tenemos 40 años o menos. Por supuesto, no todos vivimos la misma realidad: depende de en qué trabajemos, dónde vivamos y de si contamos con una red familiar a la que poder acudir ante cualquier circunstancia. En algunos sectores, además, la estabilidad parece directamente una utopía. El audiovisual y los medios de comunicación son un buen ejemplo: contratos temporales, proyectos que empiezan y terminan a una velocidad imposible y una carrera profesional construida, muchas veces, sobre la incertidumbre.

España lleva años preguntándose por qué nacen tan pocos niños. Quizá la pregunta debería ser otra: ¿qué estamos haciendo para que tenerlos sea una opción viable? En 2025 nacieron en España 321.164 niños. Es el primer aumento después de una década de descensos, pero no parece suficiente para hablar de un cambio de tendencia. De hecho, la maternidad sigue retrasándose: en 2025, el 10,4 % de los nacimientos correspondieron a madres de 40 años o más, frente al 7,8 % de 2015. Y el último dato definitivo disponible sitúa en apenas 1,10 el número medio de hijos por mujer.

Y criar tampoco sale precisamente gratis: según datos de 2026, criar a un hijo desde que nace hasta que se emancipa (que cada vez es más tarde) cuesta de media 346.586 euros. Según Save the Children, el coste medio de criar a un hijo en nuestro país supera los 700 euros al mes.

Quieren que compremos casas, que tengamos hijos, que ahorremos, que emprendamos, que consumamos y que construyamos un proyecto de vida. Pero ¿cómo se construye un proyecto de vida cuando todo parece tener fecha de caducidad?

Creo que la solución reside en conseguir que la incertidumbre no se convierta en precariedad: VIVIENDAS asequibles que permitan independizarse sin hipotecar media vida, EMPLEOS que permitan construir una carrera y no simplemente encadenar contratos, SERVICIOS PÚBLICOS que nos atiendan y protejan, y unos DERECHOS que permitan vivir en paz y hacer compatible tener una familia con trabajar.

No se trata de pedir que nos garanticen el futuro sin más. Nadie puede hacerlo. Se trata de poder imaginarlo sin que parezca una temeridad. Quizá ese sea el verdadero límite: no es el dinero, ni la vivienda, ni siquiera los 346.586 euros que cuesta criar a un hijo. El verdadero límite sería llegar a no tener que preguntarnos cuánto futuro podemos permitirnos.

Laura Quílez