El Bajo Martín ha dado un paso que merece ser aplaudido. Convertir la tradición aceitera en una experiencia turística, recuperando antiguos molinos, olivos monumentales, técnicas de elaboración y hasta una prensa de viga, significa entender que nuestro patrimonio agrícola puede generar actividad económica, identidad y futuro.
La ruta «Entre olivos y almazaras», con Albalate del Arzobispo como punto de partida y presencia en seis municipios, acierta especialmente al unir patrimonio, paisaje, productores y gastronomía. No basta con enseñar un viejo molino. Hay que explicar cómo se trabajaba, permitir catar el aceite, conocer a quienes hoy lo producen y lograr que el visitante salga entendiendo por qué este producto forma parte inseparable de nuestra cultura.
Sin embargo, convendría ir más lejos. La experiencia del Bajo Martín debería convertirse en germen de una verdadera estrategia de oleoturismo para todo el Bajo Aragón Histórico. Desde el Matarraña hasta el Bajo Aragón, pasando por Andorra-Sierra de Arcos, Bajo Martín o Bajo Aragón-Caspe, existe un patrimonio común ligado al olivo que puede articularse bajo una marca reconocible y poderosa como es la Denominación de Origen Protegida Aceite del Bajo Aragón.
La DOP debe ser más que un sello que encontramos en una botella. Puede convertirse también en paraguas turístico de un territorio. Almazaras visitables, olivos centenarios, museos, restaurantes, comercios, productores, rutas senderistas y experiencias de cata podrían conformar una oferta coordinada capaz de atraer visitantes durante buena parte del año.
Tenemos producto, historia, paisaje y conocimiento. Falta conectarlos. El Bajo Aragón necesita aprender a transformar aquello que durante generaciones consideró cotidiano en una experiencia singular para quien nos visita. El vino lo ha conseguido en muchos territorios. El aceite puede hacerlo aquí. El Bajo Martín ha señalado un camino y sería inteligente recorrerlo juntos.
Editorial.

