Solo Dios está en posesión de la verdad absoluta. Los hombres se pueden equivocar y de hecho lo hacen muy a menudo.

De algo que ha ocurrido, por ejemplo nuestra guerra civil; según el "color" de quien escriba, las cosas las cuenta de una forma u otra. Y así podemos tener dos "verdades" contradictorias de un mismo suceso.

Otro caso: la historia. Según quien opine, te contará unas cosas u otras. Todos tienen un gran saber, un universo de libros, pero, cuando lees sus trabajos, hablando de lo mismo, da la sensación que están contando dos historias diferentes, dependiendo de los hechos en que se han basado.

No digamos en política, según el periódico que leas o la televisión que sintonices, cada uno lo relata de una manera, siempre arrimando el ascua a su sardina. Al parecer a eso se llama libertad de expresión. Diversidad de opiniones.

En el mundo de la lengua es igual. Según la fuente en la que haya bebido el filólogo o el historiador de turno, te dicen que tu forma de hablar procede de un sitio u otro. Difícil aclararse. Aunque tú sabes qué hablas, le digan como le digan.

Aquí tiene mucho que ver el lugar donde ha estudiado uno; o los profesores que ha tenido. Si éstos sostienen que tu lengua no es la que es, sus alumnos siempre defenderán esa teoría.

Lamentablemente muchos maestros no enseñan una asignatura, enseñan su opinión personal sobre ella. Debían explicar el saber desnudo, sin su parecer y los alumnos que sacasen sus consecuencias. Lo que están haciendo no es bueno ni para los estudiantes y mucho menos para la lengua. Éstos defenderán lo aprendido, convencidos de que tienen razón.

Algo parecido ocurre con algunos documentos de nuestro terreno. El instruido que lo escribía, porque la gente de la calle no sabía escribir, copiaba lo que le decían, pero, como su lengua materna era otra, ya que la mayoría procedía de la Cataluña actual, lo expresaban en catalán, no en la lengua de quien les había contratado, pues ellos eran los cultos.

Hoy, algunos de los que estudian esos papeles, al verlos escritos en catalán, creen que esa era la manera de hablar del titular del escrito.

A este paso lo mismo nos pasará con nuestros pequeños. En la escuela les enseñarán el "estándar" y, dentro de ellos, ese será el que dominará, pues es el que les ha enseñado "su señorita", mientras que la lengua de sus padres se irá olvidando. Sólo quedarán hablándola los viejos, hasta que la vida les vaya cerrando los ojos y, de paso, el chapurriau se apague con ellos.

Nos queda la vieja escuela, la de siempre, la del rincón del fuego, la de que la familia siga siendo el maestro de una asignatura, de una herencia centenaria.

En esto de las opiniones debería regir el principio del respeto mutuo. Cada uno tiene su opinión, pero, no por eso tiene que despreciar al que mantiene otro parecer. Libertad de expresión y por ende libertad de opinión.

Luis Arrufat. Valjunquera