En mi pueblo charrem en Chapurriàu, y lo decimos con la cabeza bien alta. Para quien no lo conozca, lo Chapurriàu es la lengua que hemos hablado en nuestros pueblos toda la vida, ha nacido del día a día, de la convivencia, del trabajo en el campo, de las historias en la plaza y de las conversaciones junto al fuego. No es un invento moderno ni una moda, es la voz auténtica de nuestros pueblos, de nuestros abuelos, de nuestras raíces.

Lo Chapurriàu es mucho más que una forma de hablar. Es una manera de ser, una forma de pensar y de sentir. Cuando hablamos Chapurriàu, no estamos traduciendo ni copiando nada: estamos expresándonos con nuestras propias palabras, con nuestro propio acento, con la historia de nuestra lengua. Cada expresión, cada dicho, tiene un sabor único. Es una lengua rica, cercana y viva. Aunque algunos no la entiendan, para nosotros es natural, es cómoda y es nuestra. Seremos capaces de defenderla y mostrarla al mundo.

En estos periodos de vacaciones (Verano, Navidad, Semana Santa) nuestro pueblo se llena de visitantes. Vienen de otros lugares, hablan otros idiomas, traen otras costumbres. Nos gusta que vengan, que disfruten del paisaje, del buen clima, de nuestras fiestas y nuestra comida. Nos gusta compartir lo que somos, y una parte muy importante de lo que somos es precisamente lo Chapurriàu.

Al principio, la mezcla de idiomas puede parecer un pequeño caos. En la panadería se escucha castellano con acento madrileño; en el bar, inglés con esfuerzo; en la plaza, algún francés que pregunta por una ruta de senderismo. Y nosotros, los de aquí, seguimos hablando Chapurriàu entre nosotros, aunque a veces cambiamos sin querer, para hacernos entender mejor.

Lo bonito es que, a pesar de las diferencias, siempre hay comunicación. A veces con palabras, otras con gestos o con sonrisas. Los visitantes se interesan por nuestra forma de hablar, «¿Eso qué es?», preguntan y nosotros se lo explicamos con orgullo: es lo Chapurriàu, la lengua que siempre se ha hablado aquí. A veces se ríen con cariño al escuchar ciertas palabras que no habían oído nunca, otras veces intentan repetirlas, aprenderlas, hacer preguntas y nosotros, encantados, les enseñamos. Porque compartir nuestra lengua es también compartir el legado que nos han dejado nuestros antepasados y nuestra forma de ver el mundo.

Lejos de ser un problema, lo Chapurriàu es una riqueza, nos distingue, nos identifica, nos une. En un mundo donde muchas lenguas pequeñas están desapareciendo, nosotros seguimos hablando la nuestra, sin complejos y con todo el cariño del mundo. No necesitamos que nadie nos la «corrija» ni que nos digan cómo deberíamos hablar. Porque lo que hablamos es auténtico, es nuestro, y tiene tanto valor como cualquier otra lengua.

Este intercambio lingüístico y cultural hace que las fiestas del pueblo o las noches de estrellas sean especiales porque sentimos que lo nuestro, lo que muchas veces parece pequeño o poco importante, es en realidad valioso. Lo Chapurriàu, que tantas veces ha sido despreciado o ignorado, se convierte en motivo de orgullo.

Por eso, en estos periodos de vacaciones en los que el pueblo se llena de gente nueva, no cambiamos nuestra manera de hablar. Al contrario: la mostramos con orgullo, como se muestra un tesoro. Y muchas veces, esa autenticidad es precisamente lo que más valoran quienes nos visitan. Porque lo Chapurriàu no es solo una lengua: es parte del alma de nuestros pueblos.

Ojalá nunca se pierda. Ojalá siga vivo en las generaciones que nos siguen, ojalá los visitantes de nuestros pueblos sigan disfrutando de nuestra lengua materna, lo Chapurriàu. Porque mientras sigamos hablando y escribiendo lo Chapurriàu, las calles de nuestros pueblos continuarán disfrutando de esta herencia cultural.

Manuel Bel. Valderrobres. El mundo del Chapurriau