Estamos obsesionados con la flor, con lo visible y con lo inmediato. Con aquello que destaca pronto, brilla y se deja fotografiar bien. También en educación hemos caído demasiadas veces en esa lógica: identificar y comparar el talento con la precocidad y el rendimiento temprano. Como si una persona valiera más cuanto antes mostrara sus pétalos. Como si todo potencial tuviera obligación de florecer a la misma edad, del mismo modo y ante los mismos ojos. La historia nos indica todo lo contrario. Además, si miramos un poco la vida y su desarrollo, nos damos cuenta de que esto no funciona así.

Hay plantas que tardan más en dar flor. Algunas necesitan otra tierra. Otras, más luz. Otras, menos expectativas alrededor. Y algunas, sencillamente, han dedicado demasiado tiempo a sobrevivir como para ponerse a florecer. Con las personas ocurre algo parecido: hay talentos que no desaparecen, pero se adormecen, se esconden. Quedan sepultados bajo capas de inseguridad, de rutina, de desmotivación, de contextos poco amigables o de experiencias que enseñan, demasiado pronto, que destacar puede tener un precio.

La idea de que la gente brillante ya destacaba de forma evidente en la infancia ha sido muy extendida. Se ha pensado que el niño o la niña con talento era fácilmente reconocible: curiosidad insaciable, rapidez mental, vocabulario rico, preguntas complejas, resultados excelentes. Y sí, a veces ocurre así. Pero no siempre. De hecho, muchas personas con una enorme capacidad no sobresalieron especialmente en sus primeros años. Algunas porque nadie supo mirar bien. Otras porque su entorno no les ofreció la oportunidad de desplegar lo que llevaban dentro. Y otras porque el talento, por sí solo, no basta y, además, decidieron que la vida era otra cosa.

Conviene recordarlo: capacidad no es lo mismo que competencia. La capacidad tiene mucho de posibilidad; la competencia, en cambio, exige construcción, entrenamiento, experiencia, constancia, dominio y condiciones. Entre una y otra hay un trayecto largo, lleno de mediaciones. Por eso me preocupa tanto esa visión ingenua que entiende el talento como una especie de don automático, casi mágico. No. El talento no es una medalla que uno recibe al nacer, no es un gen de oro. Es, en todo caso, una promesa. Y como toda promesa, puede cumplirse, transformarse o quedarse a medio camino.

Hay muchas razones por las que ese talento se queda dormido.

A veces ocurre por falta de estímulo. Cuando una persona vive durante años por debajo de su nivel de reto, termina acostumbrándose a funcionar en automático. Ocurre en niños que aprenden a esconder su curiosidad para no desentonar, en adolescentes que desconectan porque nunca encontraron sentido a lo que hacían, y en adultos que un día dejaron de intentar cosas nuevas porque interiorizaron que su momento ya había pasado. Otras veces el problema no es cognitivo, sino emocional. El miedo al error, la necesidad excesiva de aprobación, la baja autoestima o la sensación de no encajar pueden apagar capacidades inmensas. He conocido personas muy capaces bloqueadas no por falta de inteligencia, sino por exceso de herida. Y eso también merece ser dicho con claridad: no basta con tener recursos internos si el vínculo con uno mismo está erosionado.

También influye el contexto. Hay entornos que riegan y otros que secan. Espacios donde se valora la iniciativa, la creatividad o el pensamiento propio, y espacios donde se premia únicamente obedecer, repetir y no molestar. Cuando el contexto castiga la diferencia, muchos talentos aprenden a mimetizarse.

Por eso, uno de los asuntos pendientes no consiste solo en detectar quién florece pronto, sino en cuidar las condiciones para que nadie quede condenado a no florecer nunca. No todas las flores aparecen en primavera. Y no todo lo valioso irrumpe a tiempo para los calendarios de los demás.

A veces, la verdadera inteligencia de una sociedad consiste precisamente en eso: en no confundir ausencia de flor con ausencia de vida.

Alberto Quílez. Profesor de la Universidad de Zaragoza y director de la Cátedra Caja Rural de Terue