Seamos sinceros: todos hemos fantaseado alguna vez con hacer desaparecer al vecino que pone música a las siete de la mañana de un domingo. ¿No tiene mejor momento para ponerse a limpiar con las ventanas abiertas? O al que se cuela en el supermercado. O al marido, o mujer, que se come el último yogur, ese que has estado guardando, y luego mira para otro lado. Por suerte para la humanidad - y para nuestro historial penal -, existen las novelas negras y las series de crímenes.
Porque, vamos a ver, ¿quién no ha suspirado aliviado viendo cómo el detective de turno resuelve en una hora lo que a nosotros nos llevaría toda una vida planificar? Ahí está él, o ella, desentrañando misterios mientras nosotros apenas conseguimos descifrar por qué el wifi va lento. Y ahí estamos nosotros, en el sofá, liberando toda nuestra frustración contenida a través de personajes de ficción que sí pueden permitirse el lujo de ajustar cuentas.
Es la catarsis perfecta. Una terapia barata que no requiere cita previa ni copago. Leemos sobre el crimen perfecto y, por un momento, nos sentimos capaces de planificar algo más complejo que la lista de la compra. Vemos series donde los malos reciben su merecido y pensamos: «Toma ya, justicia poética, claro que sí». Todo eso sin movernos del salón ni mancharnos las manos, que bastante tenemos ya con intentar abrir una bolsa de palomitas de microondas sin abrasarnos.
Y aquí viene lo mejor: el mal casi nunca gana. Los autores, en su infinita sabiduría, nos dan lo que necesitamos: la satisfacción de ver cómo triunfa la justicia. Porque en la vida real, el tipo que no recoge las cacas de su perro sigue campando a sus anchas, pero en las historias que consumimos, ese comportamiento antisocial tiene consecuencias, a veces, incluso mortales.
Al final, esto nos permiten liberar a nuestros monstruos internos de forma controlada. Toda la emoción y ninguno de los inconvenientes legales. Porque siendo realistas, si no fuera por ellas, las cárceles estarían llenas de gente corriente que no pudo aguantar más.
Porque todos somos asesinos. Solo necesitamos una buena razón y un mal día.
Así que la próxima vez que alguien critique tu afición por las historias de crímenes, recuérdale que estás haciendo un servicio público. Eres un ciudadano ejemplar practicando la prevención del delito desde casa.
¡Salud por eso!
Miguel Gardeta. No puedo Callar

