Despedí la anterior columna con un «auf wiedersehen», pues me iba a marchar unas cuantas semanas a Alemania. Allí iba a realizar una especie de voluntariado donde acabé en un hotel rural con el objetivo de aprender alemán mientras ayudaba en tareas rutinarias. Sí que es cierto que antes de ir ya sabía que era una zona campestre y tranquila, pero de lo que te enteras en el momento es de que es una pedanía sin ningún servicio básico más allá del de… ¿Una iglesia?

Allí coincides con otros voluntarios, entre los que abundaban brasileños. La vida era muy parada una vez acabado el trabajo, por lo que teníamos enriquecedores debates sobre los prejuicios que cultivamos unos de los otros. Aquella mesa redonda daba para mucho, por lo que, un gélido día de finales de octubre, decidí abrir un melón: «oye, ¿y no os molesta que no tengamos ni siquiera un supermercado y que dependamos de algún buen samaritano que nos lleve a nuestra cabeza comarcal?».

Los brasileños parecían no plantearse aquello como un problema. El hotel nos proveía de alojamiento y comidas a cambio de nuestro trabajo, por lo que no era una cuestión de supervivencia. Mi molestia -e incluso preocupación- iba más allá de mi persona; iba por los derechos de la escasa población de esta pedanía y de las contiguas a menos de dos kilómetros de distancia.

A mis compañeros parecía bastarles el hecho de deambular por Europa, pero yo, como persona que viene de la España Vaciada, que acudió en su día a la revuelta en Madrid e incluso ha entrevistado a un sinfín de alcaldes de la zona sobre este tema a través de este mismo periódico, no podía pensar en otra cosa más allá de que el gobierno alemán trataba a estas personas como ciudadanos de segunda, y así quise explicárselo a los amigos sudamericanos.

En mi opinión estábamos residiendo en una región fallida. Ya no solo porque en pleno 2023 solamente hubiera una iglesia como servicio público, sino porque sentía como esos habitantes estaban tan narcotizados que no les parecía mal tener que coger el coche hasta para comprar un bote de legumbres. Como si repartieran un vehículo por cada hostia sagrada. En definitiva, de este tema solo me quedó algo positivo, y es que la concienciación que tenemos en el Bajo Aragón histórico es algo que asombraría incluso a un país que va de adalid del buen hacer europeo. Ser pocos no resta derechos, ni en La Zoma ni en Wietzetze.

Rubén G. Bielsa. Marasmos