Proliferan los comentarios sobre el primer aniversario de la victoria electoral de Trump. En general coinciden: es una pesadilla, un «putrid year», un año pútrido, corrupto, infecto, en el que la imagen y la esencia del otrora gran país ha dejado de ser el faro mundial de la democracia y la libertad para mostrarse como una brutal y desvergonzada dictadura. Pero fueron 77 millones de ciudadanos los que votaron a Trump.

Para entenderlo quizá habría que volver a leer a Tennessee Williams o a Steinbeck, o ver las películas donde se nos muestran sin complejos el carácter incívico, la falta de respeto y ética, el racismo –no solo contra la población negra, también europeos, italianos, hispanos o polacos–, la dureza y crueldad (y la miseria) de las poblaciones míseras del profundo sur o de los barrios bajos de una América considerada el paraíso, un sueño, para la inmigración. Trump es un defensor acérrimo –y cerril– de esa América, que en realidad es la que le votó. Y le votó a pesar de un historial cercano de corrupción, violencia, fanatismo y brutalidad: un intento de golpe de Estado, delitos juzgados y condenados, campañas de amenazas y odio desatado contra rivales, tan indignas como impunes.

Se trata de una corriente reaccionaria que ha existido siempre en ese gran país, agresiva y primaria, como la multitud que invadió el Congreso –por primera vez en su historia– exigiendo la anulación de unos resultados electorales contrarios. En esa línea troglodítica, la autocracia se impone: Trump ha derribado los contrapesos institucionales que lo impedían y las barreras legales, políticas y exigencias formales que preservaban la democracia.

Los efectos los conocemos muy bien ya, en menos de un año de poder efectivo: en el interior, ataques personales, eliminación de quien ose contradecir al ‘Boss’, el ejército en las calles de algunas ciudades por motivos irreales de «seguridad», desvío de fondos presupuestarios, cancelación de ayudas internacionales, aranceles arbitrarios impuestos con prepotencia miope a otros países chantajeados, intentos de control en las universidades, despidos de miles de funcionarios gubernamentales, mordaza a los medios críticos, deportaciones en masa, xenofobia y racismo legitimados, abandono de la OMS y política de rechazo a las vacunas infantiles, vuelta a enarbolar el armamentismo y la sombra fatídica de la guerra nuclear, indiferencia ante el cambio climático y apoyo directo al Israel genocida de Netanyahu o la agresividad expansionista de Putin en Ucrania, sin capacidad alguna (pero presumiendo de ella) para frenar al ruso en su escalada.

Las elecciones de medio mandato el año próximo podrían frenar a Trump y encauzar de nuevo, aunque no del todo, la deriva demencial del narcisista presidente. A no ser que cuando llegue el fin de su mandato en 2028, Trump haya conseguido lo que va pidiendo desde que entró en la Casa Blanca: cambiar la 22ª Enmienda constitucional que prohíbe que «cualquier persona sea elegida para el cargo de presidente más de dos veces». Steve Bannon, su estratega político, ya va diciendo en público que «Vayan aceptando la idea».

Alberto Díaz Rueda. LOGOI