Mientras contamos los días que quedan para que el calendario anuncie el final de las vacaciones y la vuelta al cole, vuelve también, como cada año, una reflexión inevitable: qué diferente sería la vida de nuestros pueblos si una parte de la vitalidad de agosto pudiera quedarse con nosotros el resto del año.

Agosto transforma nuestros pueblos.

Son días largos y noches de verbena. Calles que durante buena parte del año guardan silencio se llenan de conversaciones, carreras de niños, coches, terrazas y reencuentros. Hay colas en las tiendas, bullicio en los bares, fiestas, abrazos y casas que vuelven a abrir sus ventanas después de muchos meses cerradas.

En definitiva, hay vida. Mucha vida.

Y no dejo de admirar la enorme capacidad de nuestros pueblos y, sobre todo, de quienes los mantienen vivos durante todo el año. De repente multiplican por cinco o por diez su población y, aun así, todo sigue funcionando. Comercios, bares, servicios municipales, asociaciones, peñas, agricultores, sanitarios, trabajadores y vecinos se adaptan para recibir a quienes regresan y conseguir que todos podamos disfrutar durante unos días de nuestra familia, nuestros amigos y nuestras raíces.

En Oliete, mi pueblo, el cambio es espectacular. De las 816 viviendas censadas en el municipio, 660 son segundas residencias o están vacías y únicamente 156 están habitadas de forma habitual. Durante estos días podemos pasar de apenas 351 habitantes a superar ampliamente los 2.000.

Por eso quiero aprovechar esta ventana para reconocer a todas las personas que hacen posible que nuestros pueblos funcionen los doce meses del año y que, además, son capaces de responder cuando su población se multiplica durante unas semanas.

Y también agradecer a quienes vuelven.

A quienes conservan la casa de sus padres o de sus abuelos, arreglan una fachada, reparan un tejado, llenan una nevera, compran en la tienda, toman algo en el bar o sencillamente mantienen vivo el vínculo con su pueblo. Porque cada persiana que vuelve a levantarse es también una pequeña victoria frente al abandono rural.

Nuestros pueblos necesitan ese balón de oxígeno que representan agosto, Semana Santa y los periodos vacacionales.

Pero, observando cada año esta transformación, resulta inevitable hacerse una pregunta:

¿Y si no ocurriera solamente dos o tres veces al año?

¿Y si algunas de las personas que un día se marcharon, o sus hijos y nietos, comenzaran a plantearse regresar? ¿Y si vivir en un pueblo dejara de entenderse como volver atrás y empezara a contemplarse como una opción de futuro?

Esa idea está precisamente detrás de una frase que hemos querido dejar escrita a la entrada de Oliete, en la almazara de Apadrinaunolivo.org: «Volver a querer ir al pueblo».

Porque los pueblos ofrecen muchas cosas que difícilmente pueden encontrarse en una gran ciudad: tiempo, espacio, naturaleza, relaciones más cercanas, sensación de comunidad y una calidad de vida diferente. Lugares donde todavía nos llamamos por nuestro nombre y donde los vecinos forman parte de nuestra vida cotidiana.

Pero esto no va de enfrentar al pueblo con la ciudad ni de pensar que todo el mundo debe abandonar los grandes núcleos urbanos. Va de ampliar las posibilidades. El teletrabajo, las nuevas formas de emprendimiento, la digitalización, unas mejores comunicaciones y una mayor flexibilidad laboral permiten hoy que muchas personas puedan elegir dónde desarrollar su proyecto de vida. El medio rural debe ser también una opción real dentro de esa elección.

Por eso me gusta plantear una pregunta muy sencilla:

¿Cómo cambiaría tu pueblo si este invierno veinte familias decidieran quedarse a vivir?

Veinte familias, quizás cincuenta nuevos vecinos.

Ni siquiera hacen falta cientos de personas para empezar a cambiar la realidad de un pequeño municipio.

Serían niños en la escuela. Clientes en la tienda. Personas tomando café en el bar un martes de febrero. Nuevos emprendedores. Usuarios para mantener servicios. Actividad económica. Vida en las calles.

En los últimos años hablamos mucho de despoblación. Los pueblos están presentes en la agenda pública y son numerosos los programas, proyectos e iniciativas de las distintas administraciones para fomentar la vida en el medio rural.

Pero la realidad sigue siendo testaruda: termina agosto y muchos pueblos vuelven a quedarse casi vacíos.

Y el tiempo corre en nuestra contra.

Pensemos en nuestro panadero, nuestra carnicera, el fontanero, el carpintero, la peluquera, la persona que lleva el bar o el restaurante. En muchos casos no sabemos quién continuará esos negocios dentro de diez años. Y cuando desaparece el último comercio o cierra el único bar no desaparece únicamente una actividad económica: se pierde también una parte de la capacidad de ese pueblo para seguir siendo un lugar en el que vivir.

Por eso debemos ampliar la mirada.

El gran reto no puede consistir únicamente en conseguir que nuestros pueblos estén llenos durante agosto. El verdadero éxito sería conseguir que algunas de esas luces que hoy vemos encendidas continuaran así cuando llegue noviembre.

Que nuestros jóvenes puedan quedarse si quieren quedarse, que quienes se marcharon puedan regresar si desean hacerlo.

Y que personas que nunca tuvieron un pueblo descubran que también pueden construir en él su proyecto de vida personal y profesional.

Quizás no consigamos que el invierno tenga el bullicio de agosto. Ni falta que hace.

Pero imaginemos por un momento nuestros pueblos con veinte familias más. Con nuevos niños, nuevos proyectos, nuevos negocios y nuevas persianas abiertas.

Agosto nos demuestra cada año que nuestros pueblos no están condenados al silencio. Ahora el desafío es conseguir que una parte de toda esa vida decida quedarse.

Porque tener un pueblo es una suerte. Pero conseguir que ese pueblo tenga futuro es responsabilidad de todos.

Alberto Alfonso