Tengo un amigo en Madrid que, cuando conoció lo que significaba quejumbroso, me llamaba así a mí.

Y a mí no me pareció mal, pues tenía razón: suelo quejarme mucho. Pero lo que creo hay que saber para juzgarme es saber si mis quejas responden a razones, o no.

En esta España que nos toca vivir me parece normal que abunde la queja. Nada más hay que escuchar los telediarios y ver cómo se comportan los políticos, que se van de vacaciones y recomiendan vulgares melodías tras lo que ocurre (sí, aún en presente) en Ceuta.

Como soy quejumbroso, me quejé cuando Sánchez aceptó gobernar con el apoyo de independentistas y exetarras, tratando de disolver el agua con el aceite.

Y me quejo cuando culpa a "las mafias" y veo edad y aspecto de los que atravesaron una frontera que les abrieron nuestros vecinos, los que acabaron quedándose con el Sáhara hispano tras la llamada "marcha verde".

¡Cómo no voy a ser "quejumbroso", Miguel L. M.! Ya ves: con tu acertado apelativo, a modo de mote, has conseguido salir en una de mis humildes columnas bajoaragonesa, como dijiste una vez que te gustaría.

Quejumbroso soy yo, y quejumbrosos están en Caspe los comerciantes de la calle Gumá, secundados por la oposición política municipal.

Y, mira por dónde, en esto difiero. Pues creo que esa calle va a ganar tras la reforma en marcha, estos días previos al eclipse.

Espero que este próximo fenómeno astronómico sea un espectáculo, y no un mal agüero, como lo era en siglos pasados.

Para "quejumbroso" ya estoy yo, como dijo en su día Miguel.

Que tengan todos ustedes, lectores fieles u ocasionales, feliz semana. Piensen que están a punto de llegar el eclipse de Sol y las Fiestas de San Roque.

Ah, y no se olviden de visitar la exposición: "Mi mirada congelada" en la Sala Municipal Compromiso de Caspe, en la Calle Mayor, 19.

Alejo Lorén