Ahora que Caspe se disuelve demográficamente en la heterogeneidad cultural de culturas y costumbres lejanas, conviene fijar la memoria del pasado reciente.
Tenía yo 13 años y estudiaba tercero, último curso del bachillerato elemental, en el Colegio Nuestra Señora del Pilar (que en Caspe llamábamos "el instituto"), cuando en julio de 1957 ocurrió algo que cambió muchas cosas en España: la entrada en el gobierno de los ministros tecnócratas del Opus Dei.
Recuerdo perfectamente que me enteré de aquellos cambios ministeriales a través de un transistor radiofónico y en la sacristía de la iglesia de San Agustín. Y no fue porque fuera monaguillo, sino porque pertenecía a la Rondalla San Antonio, fundada a finales de los años 50 por el franciscano padre Gabriel Francés.
La labor cultural y, para él, pastoral, del padre Gabriel no solo fue fundar la rondalla, sino hacer sesiones dominicales de cine en la sala de estudio del instituto; o la grabación de un serial radiofónico sobre la vida de San Francisco de Asís para emitir por Radio Caspe; además de la labor puramente religiosa de potenciar la Tercera Orden Franciscana, "la TOF", o la cofradía de la Piedad en la Semana Santa.
Aquella noticia de la entrada en el gobierno de los tecnócratas del Opus Dei la conocí a través de un transistor, aparato recién llegado al mercado español, porque un muy activo miembro de la TOF, Isaías Tomás, comerciante de electrodomésticos en Caspe, trajo al convento, para asombro y uso de todos, aquella maravilla que posibilitaba escuchar la radio sin enchufarla con cables.
El padre Gabriel venía de Valencia, donde tenía un hermano fotógrafo, y le gustaba estar al día de los avances tecnológicos y organizar giras con la rondalla por diferentes lugares de España.
Su labor como fraile la ejercía a través de esas actividades, que tenían como despacho y factoría la sacristía del convento. De la convivencia alrededor de la Rondalla San Antonio, con instrumentistas, bailadores y bailadoras, surgieron varios matrimonios, amistades y buenos músicos de la púa y el rasgueo. O bravas cantadoras y bailadoras como Tere, Elvira, Matea, Carmen, Amparo, Pilar o Meli.
La concesión por parte de la Diputación de Zaragoza de un premio a Antonio Pallarés me ha traído estos recuerdos; y vuelvo a verlo con los ojos de la memoria, con su bandurria de sonido limpio y acompasado y su paciencia para enseñar a los que venían sin saber nada de partituras ni acordes.
Junto a él recuerdo a Ventura, a Piquer, a Poblador; o a Grañena, Paramio, Alfonso y Pinzán, más jóvenes, como él, y a tantos otros que se me atascan en la memoria en el momento de querer recordarlos. Pero para todos es esta columna.
Alejo Lorén. De cal y arena

