El hartazgo de la ciudadanía española ante la tradicional política de partidos resulta hoy más evidente que nunca. La incapacidad y nulo interés de estos partidos para resolver problemas sistémicos enquistados, ha ido mellando la credibilidad del sistema instituido en 1978, generando un profundo y -en mi opinión- justificado descontento; acrecentado por la alarmante merma de capacidad económica de la clase media. Cada vez se evidencia más la creciente subordinación de España a intereses extranjeros, y la limitación de derechos y libertades individuales en pro de una supuesta «democracia».

Bajo ese emblema, el de democracia, se ordeñan las ubres de una vaca llamada España llevándola a la extenuación, despreocupados completamente de su estado de salud y de limpieza de parásitos que la consumen.

Gracias a la sociedad de la información, resulta cada vez más palpable que los recursos extraídos por nuestro Elefantiásico Estado, no se invierten realmente en el crecimiento del país; sino para un supuesto estado del bienestar que en verdad esconde la compra masiva de voluntades electorales, asegurándose así los votos necesarios para la perpetuación en su situación privilegiada… la de repartidores del botín.

Aquellos que siguen de cerca la política actual, sin importar su ideología, se habrán dado cuenta de la decadencia que impera en las altas tribunas. Los debates sobre asuntos de interés ciudadano en materias tangibles son cada vez más escasos, evidenciando que nuestros altos mandatarios viven en una burbuja de bienestar solo conocida por ellos. Mientras que a los grandes medios solo les interesa el banal espectáculo del juego de poder, y el rédito en clicks a publicidad que pueda darles esas broncas resonando en la eterna cámara de eco parlamentaria.

Esta paulatina degradación, si bien a algunos espectadores les ha producido un hartazgo apático; a otros les ha provocado levantarse de su butaca y subir al escenario intentando correr el telón tras la función, pudiendo entrever que el problema es mucho más profundo y no radica en el partido rojo, verde, naranja o azul: el problema es el propio sistema partitocrático. Un ecosistema que nunca cambiará a iniciativa de quienes salen a festín diario nadando en el mismo; los «peces gordos».

Popularmente, se atribuye a Albert Einstein la famosa frase: "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo". Esta idea parece resonar con fuerza en el contexto político actual, reflejando un anhelo de cambio que muchos ciudadanos comparten, aunque han sido pocos los valientes que, de forma libre e independiente han osado desafiar este poderoso sistema. Pues en una oligarquía de partidos con una separación de poderes más que cuestionable, atreverse siquiera a plantear un cambio de paradigma, puede causar graves problemas al más pintado…

Entre de la noche espesa, algunos pocos audaces ajenos al partidismo tradicional se atreven a encender una llama, aun a riesgo de ser localizados y sentenciados. Una de estas agrupaciones de electores concurrentes a las próximas elecciones europeas, está encabezada por el analista Alvise Pérez y se denomina «Se acabó la fiesta», siendo respaldada por más de 160.000 firmas contabilizadas en solo cinco días. Esta agrupación promete lancear directamente al corazón del «monstruo de las mil cabezas» que para algunos representa la actual partitocracia.

Por mi parte, leyendo sus manifiestos entiendo las motivaciones de esta agrupación, entiendo y comparto su decepción ante la partitocracia tradicional, la cual se ha demostrado inútil para recuperar la soberanía española, y construir una nación fuerte, segura y moderna. Esta agrupación dice textualmente que «usará el Parlamento Europeo para blindar su guerra contra la corrupción partitocrática, provocar pánico y ansiedad en la clase política parásita de nuestro país, expulsar a los políticos ineficaces y corruptos, y hacerle saber a nuestros socios europeos que no vamos a renunciar al efectivo ni a la libertad de expresión, y que somos LIBRES.». Y también que lo harán «financiándose de forma independiente y sin cobrar un solo euro público (nunca, jamás y en ningún caso), demostrando a todos los que forman parte de esta comunidad de ciudadanos libres lo que es amar y luchar de verdad por este gran país.»

En definitiva, y como actor político local, debo entonar el mea culpa en nombre de toda nuestra clase de principio a fin. Ya que, ante el hartazgo de la ciudadanía frente al despilfarro de recursos en trivialidades, y la gravísima subordinación del país a intereses supranacionales; Entiendo perfectamente que muchos ciudadanos, financiera y moralmente agotados, deseen fervientemente que la gran fiesta de la partitocracia por fin se acabe.

Cristian Poblador. Somos Caspe