Cuando era pequeño, algunos días teníamos horario partido en el colegio. Por las mañanas, las típicas asignaturas: música, lengua, ciencia… y, por las tardes, talleres y manualidades. Un envoltorio de flan se convertía en una mesita camilla y, con un mantel de ganchillo hecho de retazos de labores de mi abuela, ya teníamos para el tapete.
Tras comer, mis primos, mi hermana y yo jugábamos y veíamos la televisión. Dibujos, claro está. A veces Los Simpson, como buena casa española a mediodía; otras, Clan. Allí echaban la serie LazyTown. Los lectores de la generación Z la identificarán. Quizá no le tengan tanto cariño como a iCarly, Phineas y Ferb, Zoey 101 o H2O…, sino que la recordarán por sus escenas bizarras y sus muñecos ventrílocuos, que parecían de papel maché, como una doña Rogelia norteamericana.
El argumento era simplón. Sportacus, guardián de la urbe, salvaba a los habitantes del villano, que quería hacerlos gordos y vagos. El mensaje: la importancia del deporte para vencer al mal. Decir que el ejercicio es importante es como hablar de terraplanismo, algunos no lo entienden.
Con 16 años me rompí el menisco izquierdo y, una década después, el derecho. Como vivo solo y sin ascensor en Alcañiz, volví a mi pueblo para recuperarme. Así comenzó mi nueva rutina: reposo, fisioterapia y natación.
Ahora que estoy en el pueblo, todos los domingos, como marca la tradición que hemos impuesto, ceno con mi abuela para ver nuestro programa: «Andaluces por el mundo». Un formato de viajes. Uno de los días, el destino era Guadalupe, un trocito de isla caribeña bajo soberanía francesa.
Allí, todos los entrevistados eran fisios españoles, cosa que me causó curiosidad. Muchos profesionales de aquí se mudan a Martinica o a la Reunión y pocos, pese a la morriña, quieren regresar. La fórmula es sencilla: gran oferta, salario digno y grandes vacaciones.
Aquello me hizo pensar. Conozco pocos fisioterapeutas, pero la mayoría trabajan por un salario que percibo como bajo para la gran labor que hacen. Además, en España, hay quien todavía confunde la fisioterapia con un masaje relajante.
Por otro lado, jamás fui amante del deporte; siempre preferí el arte y la cultura. Sin embargo, mi visión va cambiando. Cuando me vi con dificultades para levantarme del sofá y dependiendo de la ayuda de mi madre, lo tuve claro: o empezaba a moverme o ese iba a ser mi futuro.
En una de mis sesiones de natación conocí a Asunción. No recuerdo quién habló primero. Risueña y pícara, me preguntó cuántos años pensaba que tenía. No supe qué decirle. Con una carcajada me confesó que tenía 82 y que ya no nadaba como antes, que le pesaba la vejez. Confieso al lector que me adelantó muchos largos.
Entre sesión y sesión fuimos entablando conversaciones. Me contó que aprendió a nadar en la antigua acequia de Montcada, «porque entonces no había piscinas». Solamente pude pensar: «Quiero ser como Asunción», mientras la miraba alejarse nadando a crol.
Y aunque aún me queda camino, guardaré con cariño las sesiones de fisio y la gente que las habita. Loli, la lotera, con sus recetas y palabras de ánimo. Ricardo y los debates sobre la comunicación y el futuro. O Quique, padre presente y amoroso que solo quiere volver a jugar con sus hijos, entre tantos otros y otras.
Y, de repente, te das cuenta de que estás hablando con gente con la que quizá no lo harías. Entre ejercicio y ejercicio, uno dice que su hijo no come verduras y todos acudimos con consejos, como en un tribunal de cojos, mancos y viceversa que se apoyan.
Así se hace mucho más ameno recuperarse, sobre todo con dos profesionales excelentes y buenas como Patri y Joana que, aparte de curar, crean comunidad.
Al final, Sportacus tenía razón.
Con cariño a Patri y Joana, dos grandes profesionales de la fisioterapia. Y también a mis padres, Julián y Loli, por cuidarme, acogerme y quererme. Con vosotros hasta el fin del mundo. Os quiero.
Raül Belver

