Hace la friolera de ocho años —pues corresponde al 30 % de mi tiempo en este mundo— abandoné el núcleo familiar en Andorra para embarcarme en la consecución de mis estudios en Madrid.
Con 18 años se entendía como el paso lógico hacia la manufacturación del molde definitivo de mi personalidad, trabajar en lo que quería ser y disfrutar del valle que se extendía entre la responsabilidad y la ociosidad. En fin, a progresar, que diría Delibes.
Transité por las misteriosas calles adoquinadas madrileñas, me desembaracé de la vergüenza en Francia y Alemania, conocí lo que todos ya conocían de Zaragoza y Teruel y entre medias aún me permití un cameo de unos meses por Alcañiz al servicio de este mismo periódico.
Para ser honestos, la posibilidad de regresar a mi pueblo nunca se planteó como una de las opciones favoritas medioplacistas.
La falta de asesoramiento —quizás por desconocimiento—, me hizo albergar durante muchos años el silogismo erróneo de que en Andorra no había periodismo y, por ende, no podía vivir allí. Sin embargo, conforme pasan los años laborales, las ojeras van trayendo aprendizajes molestos pero reveladores de cara a cómo deseamos confeccionar nuestra próxima etapa.
He tenido la infinita suerte de haber alcanzado mi sueño, que no era otro que vivir del fútbol. En su día también pensé que solo podía llegar siendo o futbolista o periodista, pero ese desengaño da para otra columna o incluso página. Faldones incluidos. A lo que voy es que sé lo que es trabajar en la élite de nuestro deporte y las agotadoras presiones que supone ostentar un cargo de esta laya, sin olvidar la honra y el honor que también conlleva.
Las vicisitudes de la vida, en especial aquellas que vienen a las 8 de la tarde tras todo un día dedicado en cuerpo y alma a tu labor, han ido erosionando aquel molde que creía uniforme a los 23 años y que resulta volátil a los 26. Quizás solo necesite contemplar San Macario y tener a mi familia a unas pocas casas de distancia.
Era momento de tomar decisiones y yo las he afrontado, eligiendo la píldora del mundo rural. No tiene por qué ser para siempre pero sí para ahora, y eso es lo importante. ¿Será todo como lo dejé hace ocho años? ¿Acaso cambiará el color de los domingos si desaparece la vuelta? Como dijo Antonio Gala, si la felicidad tiene que llegar llegará, lo que ahora me atañe es la serenidad. Estoy ansioso por practicarla.
Rubén G. Bielsa

