Sí, tenemos un serio problema, está en juego el estado de bienestar que tanto les costó a las generaciones anteriores conseguir. Nuestros padres, los mayores de 65 a 75 años, crecieron con las necesidades básicas cubiertas, pero nada más. Con esfuerzo, lucha y políticas sociales, consiguieron la sanidad universal, educación gratuita, mejores infraestructuras, en definitiva, mejoraron su calidad de vida.
Sus hijos, los que ahora tenemos alrededor de los 40 años, lo tuvimos más fácil, ellos lo habían conseguido. Pudimos ir a la universidad, viajar y tener más que cubiertas nuestras necesidades, yo diría que prácticamente todas las que marca la pirámide de Maslow: fisiológicas, de seguridad, sociales, de estima, autorrealización, a pesar de que algunos opinan que hay una falta de base científica.
Ellos encontraron un trabajo que, en la mayoría de los casos, consiguieron mantener hasta su jubilación. Pero no lo tuvieron fácil, solo hay que recordar la crisis del petróleo de los años setenta. En nuestro caso no ha sido así, hemos tenido que ir cambiando de un trabajo a otro, y nos hemos incorporado al mercado laboral de forma más tardía. Nuestros padres empezaron con 14 años, había muy pocos con estudios universitarios, y nosotros con una media de 24 años, cuando terminábamos nuestros estudios, cuando estaba un poco más difícil incorporarse al mundo profesional.
No podemos quejarnos, encontramos un mundo mejor que el que encontraron ellos y que, además, nos permitía equivocarnos y volver a empezar. Dos frases que he oído en repetidas ocasiones en mi casa: puedes permitirte el lujo de equivocarte, aquí estamos nosotros, y no te pierdas los años de universidad porque te aportarán un conocimiento que no es solo el académico, se abrirán nuevos horizontes. Posiblemente porque recordaban, aunque no hubieran ido a la universidad, la lucha por conseguir un mundo mejor corriendo ante los grises, como los llamaban, por toda la geografía española.
Y llegamos a sus nietos, nuestros hijos, con un futuro incierto donde no hay seguridad de nada. Todo está cambiando. Hemos sido padres tarde, hemos conseguido la estabilidad al llegar a los 40, pero no estamos convencidos de que vayamos a dejarles un mundo mejor que el que recibimos.
Todo esto tiene un reflejo en la polémica de la emigración. ¿Los talentos se fugan? ¿Lo que viene lo despreciamos? Según el Instituto Nacional de Estadística, en España nacieron cerca de siete millones de niños de la edad de nuestros padres; descendieron a los cinco millones y medio en los de nuestra edad; pero solo fueron medio millón los nacidos en la edad de nuestros hijos. Es preocupante. ¿Cómo vamos a solucionar el relevo generacional?
Es verdad que con el avance de las tecnologías los futuros trabajos no necesitarán tanta mano de obra manual, se necesitarán más especialistas, pero hay que formarlos y no tenemos a quien formar. No obstante, seguiremos necesitando gente que cuide a nuestros mayores, que construyan nuestras casas y las mantengan (fontaneros, electricistas, pintores), que atiendan las explotaciones agropecuarias, nuestros bosques, que cubra la ingente cantidad de actividades de ocio (bares, restaurantes, parques, spa, hoteles, naturaleza), porque lo que va a demandar esta nueva generación no es más trabajo, sino más tiempo de ocio. Los departamentos de recursos humanos de las grandes empresas ya lo están percibiendo. Pero claro, eso será para unos privilegiados que por su perfil profesional se lo podrán permitir.
Esperemos que nuestros hijos no se conformen con lo que reciben, que defiendan ante todo la dignidad y el respeto por todos y hacia todos, cada uno en su parcela. Que sean conscientes de que todos necesitamos de todos. Que el progreso no se base en aniquilar los recursos naturales, sino en mantenerlos. Que es necesario elaborar políticas que defiendan un proyecto de país donde haya cabida para todos, estudiando las posibilidades de incorporación de mano de obra para cubrir aquellos espacios necesarios y que se haga respetando a las personas.
En una ocasión leí un artículo que básicamente decía que cada generación es distinta porque intenta hacer lo contrario de lo que hizo la anterior. Si eso es cierto, tenemos la esperanza de que la nueva generación vuelva a luchar con uñas y dientes por defender sus derechos a la sanidad, la educación o la vivienda, a la dignidad de la persona, por mantener un mundo habitable, por dejar una herencia digna a sus descendientes.
Alberto Quílez

