No se alarmen, que la pregunta tiene su miga. El otro día, visitando un museo, me detuve frente a una escultura clásica. Ya saben: cuerpo perfecto, músculos definidos, pose heroica, mirada al infinito… pero me asaltó la duda. ¿Tendrá agujero en el culo? Me acerqué con disimulo, como quien observa los pliegues de la túnica, y comprobé que no. Nada. El escultor se había molestado en cincelar cada vena del antebrazo, cada rizo del cabello, pero había decidido que por ahí atrás no había nada que mostrar.

Los griegos inventaron muchas cosas: la democracia, la filosofía, el teatro, las olimpiadas. Pero, sobre todo, inventaron la perfección. Sus estatuas no representan personas reales, sino ideales. Dioses, héroes, atletas en el momento justo de la victoria. Seres que no sudaban, no digerían, no defecaban. La belleza clásica consistía precisamente en eso: en eliminar todo lo que nos hace humanos de verdad.

Han pasado dos mil y pico años y seguimos en las mismas. Solo que ahora las estatuas griegas tienen cuenta de Instagram. Nos pasamos la vida contemplando cuerpos perfectos, rostros sin poros, vidas sin aristas. Filtros que eliminan ojeras, aplicaciones que afinan cinturas, algoritmos que esconden lo feo y premian lo bello. Mostramos la mejor pose, el mejor ángulo, el mejor momento. Nadie sube una foto con legañas a las siete de la mañana, ni un vídeo con dolor de tripa después de un cocido. Enseñamos el mármol pulido y escondemos el agujero.

Lo curioso es que los propios dioses griegos eran cualquier cosa menos perfectos. Zeus era un adúltero compulsivo, Hera una celosa vengativa, Ares un bruto sin modales. Mentían, robaban, violaban, mataban por capricho. Eran profundamente humanos en todo... menos en el retrete. Ahí no llegaba el mito. Como si aceptáramos que los dioses pudieran ser crueles, pero no que tuvieran hemorroides.

Hoy nos pasa lo mismo con nuestros ídolos. Toleramos que un famoso sea imbécil, egoísta o incluso delincuente, pero nos cuesta imaginarle sentado en el váter con el móvil. La perfección que exigimos no es moral, es estética. No nos importa lo que hagan, sino cómo salen en la foto.

Quizá deberíamos reivindicar el agujero. Aceptar que todos lo tenemos, que todos olemos mal a veces, que la vida está llena de momentos poco instagrameables. Que lo verdaderamente humano no está en el mármol, sino en todo lo que el escultor decidió ignorar.

Miguel Gardeta