Caspe es una población antigua emplazada originariamente en un roquero inexpugnable por el lado este, por donde transcurre el río Guadalope, afluente de la derecha del Ebro. Caspe tiene, en sus parajes y territorio cercano, poblados ibéricos, excavados y estudiados a partir de 1914 por arqueólogos catalanes dirigidos por Pere Bosch Gimpera; y más tarde, a partir de los años 40, por aragoneses de la Universidad de Zaragoza con Antonio Beltrán y sus alumnos, entre ellos el caspolino Manuel Pellicer.

Caspe ha sido de siempre un pueblo agrícola, feudatario en la Edad Media de la Orden Sanjuanista, por lo que así no tuvo nobleza o aristocracia local; ni numerosa ni importante. Las novedades han llegado a Caspe de gente venida de otras tierras. El mismo Fernández de Heredia, mecenas de la bailía caspolina, era de Munébrega, y no de aquí.

Pero Caspe siempre ha sido acogedor, y ha sabido recibir bien a esos que han ido llegando y aportando a través de su historia. En el siglo XIX llegaron familias rurales con dinero, que acabaron siendo el símbolo de los caspolinos ricos. Como ocurrió con los Miravete, los Pellón y los Ybarra, venidos, algunos de ellos desde tierras turolenses, en los tiempos de la desamortización, a quedarse con bienes sanjuanistas.

Mientras el campesino de la histórica Villa de Caspe se deslomaba sembrando y cultivando campos en estructura minifundista y régimen como medieros. Vareando olivos o lana para hacer un aceite, unos colchones, que comercializaban, o en los que dormían, los dueños de las almazaras y fincas: los Pérez, Ezquerra, Herrera, Miravete, Guiu y otros. De Calamocha llegó Tomás Catalán, que montó comercio de tejidos y muebles en la plaza de la Virgen, actividades continuadas por su hijo, incluyendo la construcción ya en los años 70.

La Guerra Civil y su posguerra trajo a Caspe familias de provincias más o menos cercanas que crearon gran parte del comercio caspolino de los años 40. Recordamos a los Fortuño; naranjeros y transportistas, o los ferreteros de la extensa familia Tomás. Tal vez los Ruiz como fotógrafos.

De Nonaspe y Fabara vinieron quien pondría una fábrica de gaseosas y la que construiría "la casa más grande de Caspe": don Miguel Albiac y doña Encarna Gil. De Calanda llegó Celma, con su comercio de tejidos, y catalanes creo eran los sastres Raduá y Escoda, que junto al jienense Ramón Perea crearon e impulsaron la industria textil en Caspe. Desde Miralbueno vino Manchón, con su singular industria de los 'budillos', o tripas.

En los 70 llegaron trabajadores para las obras del pantano de Mequinenza. Y algunos se quedaron en Caspe y montaron negocios y comercios, como la tienda del Campalillas o las excavaciones con maquinaria de los Clavería, de La Puebla de Híjar, o los Carceller.

Y es que el caspolino viejo, según Mariano Valimaña, su más ilustre cronista, se conforma con poco. Es ese "y pa qué tanto" que se escucha mucho en Caspe. Característica esa falta de ambición material que es buena para los ascetas, pero no para los comerciantes e industriales.

Esa poca ambición es el orgulloso 'Caspe no necesita nada' que le dijo un alcalde a don Miguel Primo de Rivera cuando visitó la ciudad como jefe del Estado y quiso saber las necesidades de Caspe. Es la respuesta del político orgulloso; pero también la actitud del campesino humilde que está acostumbrado a pasarlo con poco... y a que pasen de él.

Ahora, quienes han llegado a Caspe son gente de mucho más lejos que Nonaspe, Castellón, la serranía turolense o Extremadura. Ahora llegan desde Rumanía, Polonia, Marruecos, Pakistán o el Nepal, por decir algunos lugares. La modernizada calle Gumá va a ser el ejemplo de este Caspe del siglo XXI: tres peluquerías y dos tiendas de móviles y dos de comercios de marroquíes y pakistaníes en los que también se venden productos rumanos; y la única casa construida en esa calle por una rumana, la emprendedora y amable Vali.

Y esto pasa porque Caspe es un lugar con los servicios de una ciudad (además de tener ese título heráldico y categoría por razones históricas): tiene una extensión urbana formada por barrios; cuenta con supermercados, hoteles de tres estrellas, tiene cine y teatro con escenario con telar; tiene salones donde celebrar actos de todo tipo; tiene asociaciones de todo tipo; dos residencias para mayores; Casino y Hogar del Jubilado; y en lo cultural tiene un CECBAC y sede de la UNED, con aulas, sala de exposiciones y de actos; tiene Caspe jardines y parques; tiendas de informática y fibra digital; cuenta con biblioteca, banda y sala de exposiciones municipal; además de una tumba romana del siglo II; una colegiata y un castillo góticos; varias ermitas o dos iglesias barrocas, y una torre de mocatero del XIX; y sobre todo, tiene sociedad civil y un tejido asociativo muy amplio y arraigado. En fin, que en Caspe, si se aprovechan esas cosas, se puede vivir de forma tranquila y agradable. Y por eso vienen de fuera a instalarse aquí. Solo hace falta tener trabajo y vivienda.

No olvidemos que nuestra pieza de folclore musical más importante, el Bolero de Caspe, ya dice en su letra que fue traído de Castellote. O sea, de fuera.

Feliz fin de semana, lectores.

Alejo Lorén