Uno de los mayores traumas que la meteorología produjo en el Bajo Aragón Histórico, y en Aragón y Cataluña en general, fue la helada de febrero de 1956. Este año se cumplieron 70 años de ese desastre climatológico. Nadie podía imaginar el impacto que tendría en la agricultura y en las masas forestales. De forma inmediata, la tierra no se podía labrar porque estaba dura, congelada; murieron pájaros y animales que no encontraban apenas agua en estado líquido para beber y en el interior de las casas se congelaban hasta los cuencos de agua. Pero lo peor llegaría pocos meses después. Se produjo una grave afectación en todo el olivar, con términos municipales que incluso perdieron hasta el 70% de sus olivos, con afectaciones en la práctica totalidad de los ejemplares.
Lo que sucedió fue que las bajas temperaturas helaron estos árboles. Fueron tres oleadas de aire polar continental. El episodio se inició el 2 de febrero, día de la Candelaria. Las temperaturas cayeron por debajo de los -10ºC, pero sin nieve en el Bajo Aragón Histórico, con fuertes rachas de viento, cierzo, y una humedad relativa bajísima. La peor entrada de aire frío se vivió del 10 al 12 de febrero, con mínimas de hasta -13ºC en Alcañiz y rozando los -20ºC en zonas altas. Las máximas fueron también bajo cero, con fuertes rachas de viento y sin nieve. A final de mes llegó otra oleada polar continental aunque, al fin, nevó (la nieve es un formidable aislante cuando las heladas son tan importantes). No obstante, el mal ya estaba hecho. A las pocas semanas las oliveras comenzaron a perder sus hojas. Y meses después las grandes ramas se iban agrietando y desprendiendo. Este hecho no suponía perder solo la próxima cosecha, sino perder la fábrica, el sustento, puesto que un olivar no empieza a producir tras décadas de trabajo.
La consecuencia directa fue la gran emigración que se produjo en todo el Bajo Aragón Histórico, salvo algunas excepciones que se dieron en los pocos pueblos que tenían industria (papelera, textil o minera). Fue la peor helada registrada en el siglo XX y en todo lo que llevamos de siglo XXI. Solo recuerdan a esa situación algunos episodios como las heladas de enero de 1985, que dejaron nieve, o la helada de diciembre de 2001, que también fue generosa en nieve, pero afectó al olivar en zonas como Caspe, donde la niebla hizo que las temperaturas fuesen gélidas durante semanas.
En cuanto al tema político en ese 1956, parece ser que las autoridades del régimen de Franco propusieron un plan, que se quedó casi todo él en promesas vacías. Así que el gran primer éxodo rural estaba más que claro.
Tuvimos oportunidad de compartir experiencias y de conmemorar los 70 años de esta efeméride en la charla «El año en que se heló el corazón del Bajo Aragón». Ante decenas de personas y tras la presentación de Fernando Zorrilla y Joaquín Lorenzo, un servidor y el periodista Luis Rajable pudimos hacer un análisis de lo que sucedió. En lo que a mí respecta, con un análisis meteorológico y en el caso de Rajable, lo que supuso social y económicamente esta helada y que se plasma en su libro «1956, l’any de la Gelada». Hubo preguntas muy interesantes, como una en la que se nos planteaba si no debieron producirse heladas similares o peores en los siglos XIX o anteriores. No tenemos registros de esas épocas, pero seguramente se produjeron heladas similares, aunque probablemente con más nieve, lo cual mitigó sus consecuencias. Y además, en aquel tiempo no existían los flujos migratorios internos del siglo XX, por lo que seguramente esas heladas no conllevaban éxodo del campo a la ciudad. También nos preguntaron si una situación así se puede volver a repetir. La realidad es que es muy improbable en la situación actual en la que predominan las masas africanas sobre las polares. Pero seguramente algo parecido suceda tarde o temprano, con el agravante de que estamos asistiendo a una temporalización de los cultivos y de las masas forestales, y el impacto que pueda tener ahora una ola de frío que se le parezca sería, de igual modo, catastrófico.
Javier De Luna. Meteorólogo


El periodista del Heraldo de Aragón autor de «L’any de la gelada» se llama Lluís Rajadell.