Me refiero a ese cierzo que de vez en cuando nos airea la mente y las entretelas. Ya sabéis que el cierzo es una seña de identidad de Zaragoza, ciudad a la que Eugenio d’Ors llamó «la novia del viento», inspiración que llegó hasta mi amigo Genaro Acero que llamó a Chiprana «La novia del Ebro». Gracias al cierzo, a la actual estación de ferrocarril de las "Delicias" se le conoce como «la fábrica del frío». Es un viento de componente noroeste que airea el valle del Ebro y dicen que se enfría al remontar el Moncayo. En mi pueblo hay una calle orientada al NW que se llama Picacierzo… sabiduría popular.
El cierzo condiciona la convivencia diaria, las construcciones, los cultivos, la cervecita en las terrazas… Dicen que va bien para los pulmones que respiran aire puro y para las plantas porque mata algunas plagas, pero no sé, no sé… Lo cierto es que cuando sopla con ganas hay que agarrarse a las farolas como mis vecinas Josefina y Adela. Ojalá fuera cierto que con el cierzo no hay pena que aguante el vuelo.
Ya Catón, en el siglo II a.C., contaba en sus crónicas que el cierzo era capaz de derribar a un hombre armado o carretas cargadas. Las estadísticas dicen que el 1 de julio de 2018, en el aeropuerto de Zaragoza, el cierzo alcanzó los 135 km/h. Poco me parece. Mi dermatóloga me ha dicho que lleve sombrero o gorra, tapándome la cabeza, protegiendo del sol el cuero cabelludo (en mi caso quizá sea caballudo). Pero no puedo ir elegante, cierto cierzo me lo impide.
Mi calle Pomarón, en la capital, desprotegida de edificios altos por el lado donde nos viene el cierzo, es paradigmática. Recientemente, en la esquina con Camino de las Torres vimos volcar un carrito y salir despedido el niño que iba dentro… el padre corrió tras el carrito que se llevaba el viento, la madre se lanzó al suelo a rescatar al bebé. Y hace otros días estábamos comiendo muy a gusto en el restaurante Gambrinus-Pomarón y escuchamos gritos… Al salir del restaurante a la calle, una familia con niños, el propietario Carlos y dos comensales se levantaron con el bocado en la boca y empezaron a correr… ¡¡Que se lleva el viento a la niña!!... Los padres, benéficos turistas, quedaron paralizados… estaban estupefactos, no creían lo que veían. ¡Era el cierzo! La niña bien, gracias.
Miguel Caballú

