Poco antes de emprender mi viaje laboral en coche a Cartagena, me llegó la noticia de que cerraban por jubilación el Bar Pigalle, santo y seña andorrano desde nada menos que 1981.

No me une ningún lazo familiar, pero el cierre me causó cierto estupor. Aquel lugar de mi pueblo, con su particular Torre Eiffel en la terraza, ha sido testigo de mis primeras jarras de cerveza que aún saboreaba con cierto regocijo infantil o de la diana donde me ufanaba por tener dardos propios delante de mis amigos, los mismos con los que mantuve conversaciones profundas en la parte de abajo del bar sobre nuestros amoríos adolescentes, entendiendo que a los chicos también se les estaba permitido llorar.
La verdad es que ya hacía tiempo que no me acercaba por allí, consecuencia directa del exilio a la ciudad y el trabajo, pero no pude evitar estar conduciendo mientras pensaba en aquel acogedor espacio dandy con esa decoración irlandesa y de poca cobertura.

Recordé igualmente cómo era el punto de referencia de descanso para todos aquellos estudiantes que preparaban la selectividad en la biblioteca, es decir, el edificio de enfrente, o cómo se acicalaba uno en las noches de verano antes de ir hacia allí a tomar la fresca, pues había que recorrer un pasillo para ir a pedir donde te sentías analizado por el resto de jóvenes. Quizás esto último no lo haya admitido ningún andorrano en voz alta -y mucho menos por escrito-, pero a veces es bueno tomarse licencias en las despedidas.

El tenista Roger Federer decía que retirarse era como una especie de funeral, un desenfoque a cámara lenta, justo lo que seguramente le suceda al Pigalle, en parte espoleado por todas esas quintas que ya nos hicimos mayores como para permitirnos estar cada noche veraniega por allí. Las nuevas generaciones encontrarán otros puntos de encuentro, mientras que aquella torre parisina de la plaza se difuminará hasta que solo la recordemos en postales, comosouvenir de un gran viaje que finalizó.

No cabe duda de que todo va y viene, de que todos guardan con cierta nostalgia una ubicación o de que, simplemente, algunos ya empezamos a vivir lo suficiente como para desarrollar morriña por las cosas. Desde el coche disfruto cómo se pone el sol detrás de las montañas mientras suena No Cambiaría Nada de Shinova. Hoy ha hecho un día soberbio.

Rubén G. Bielsa. Marasmos