En el desayuno de esta mañana he intentado explicar a mis nietos Lucía y Pablo la fábula de la Cigarra y la Hormiga, esa tan ilustrativa que puede motivar a los niños a estudiar y cumplir con sus tareas porque se enseña que todo se consigue con trabajo y esfuerzo. Creo que la escribió Esopo, pero podía haber sido el fabulista caspolino Miguel Agustín Príncipe, que inundó la prensa del siglo XIX con ripios y escritos varios, aunque lamentablemente no se recuerdan ni en las aulas de su pueblo natal.

Los niños, con más talento que el abuelo «cebolleta», han protestado porque dicen que esa fábula ya se la conté el verano pasado, y el anterior, y quizá también el anterior del anterior. Me han dado qué pensar, un deporte que parece que no se practica demasiado en verano, porque, queramos o no, el verano atonta, los 40º diluyen las neuronas y, disfrutando en familia, el admirado «calor del hogar» también disipa aunque se convierta en refugio climático.

Visto lo que nos rodea, creo que estamos en el momento de pensar en modo invierno, como la hormiga. Posiblemente los próximos fríos, ahora anhelados, nos traerán carreteras cortadas, grandes nevadas, y no faltarán previsibles accidentes ferroviarios en algún «puente», ni personas desprotegidas congeladas o problemas con la inmigración. Los incendios se apagan en invierno… pues eso.

Voy oyendo problemas de abastecimientos de petróleo, pues habrá que hacer oleoductos en tierras del Lejano Oriente. Y leo que se va a recrudecer con el otoño caliente los problemas con el independentismo del Próximo Oriente aragonés, vulgo Cataluña o Catalunya, escrito de forma más complaciente en atención a mi querida familia residente en el este, aunque sean naturales de Valladolid.

Que quienes tienen la obligación de pensar en plural, para todos, sea desde la cosa pública o política o bien desde los sitios donde se manda de verdad, donde se cultiva el dólar y la mantequilla de cacahuetes, o donde entre vacas se fabrica el mejor chocolate, se pongan a pensar, aunque sea verano. Quiera Dios que, en La Maleta, Washington o Tel Aviv, sigan en verano «cerrados por vacaciones» para darnos sus sustos habituales, pero que estén también «abiertos por vacaciones» para pensar en el invierno próximo. ¡Que no sean solo cigarras cantarinas!

Miguel Caballú