Estaba tumbado en mi cama, la oscuridad era plena y me disponía a ver algún vídeo que el algoritmo hubiera pensado con cariño que era adecuado para mí. Fue la primera vez que la vi: cinco amigos con look dosmilero disfrutaban del sol neoyorquino en un tórrido 11 de septiembre que transmite un sosiego muy puro… pero solo en la primera plana, al fondo estaban cayendo en riguroso directo las torres gemelas.
Los aficionados a la fotografía seguro que conocéis esta instantánea descrita del alemán Thomas Höpker, quien falleció el pasado mes de julio con 88 años dejando un legado artístico espectacular. De vez en cuando la visión mental de esa imagen se me agolpa en mi mente y me hace reflexionar sobre nuestro conductismo en sociedad.
La parte más ética y moral del ser humano parece que nos obliga a castigar severamente esa actitud de molicie ante uno de los grandes horrores del siglo XXI, y más en una época donde más de uno nos hemos ido compungidos a dormir tras ver el desastre de la dana en nuestros vecinos valencianos. Sin embargo, la verdadera fuerza de la célebre fotografía radica en el oxímoron de calma y caos que vemos en ella; percibimos el dolor de las víctimas de aquel atentado, y casi inconscientemente lo pagamos con aquellos cinco tranquilos neoyorquinos, porque parecen muy felices a pesar de eso. ¿No? ¿No?
La realidad es que cuando analizamos la toma estamos más en el terreno de lo gris de lo que podríamos creer en un introito, y por ello no paran de surgir preguntas. ¿La repulsa hacia ese comportamiento es lo correcto? Y si la respuesta es afirmativa, ¿sobre qué dogma nos amparamos para justificarlo?
Me temo que nuestros cinco amigos llevan sufriendo un escarnio público inmotivado durante nada menos que 23 años, y todo porque carecieron en el momento del flashazo de algo que nosotros tuvimos desde el principio, aunque quizás demasiado intrínseco como para darnos cuenta: conocíamos el contexto global de lo que pasó. Qué vemos, cuándo, y con qué información puede influir en nuestra interpretación de lo que nos rodea, y ese contraste revela que no todos vivimos la tragedia del mismo modo, ni todas las respuestas deben ser obvias o emotivas. Solo así aprenderemos a juzgar las reacciones de los demás en tiempos de crisis y, de paso, cuestionar nuestra empatía selectiva sobre un mismo suceso.
Rubén G. Bielsa. Marasmos

