Acercándonos al tramo final de un año que ha supuesto el retorno a la plena normalidad del sector turístico tras la pandemia, me parece interesante aportar algunas reflexiones sobre las singularidades y expectativas que ese complicado período que nos ha tocado vivir, en estos últimos años, nos puede ofrecer.

El turismo vuelve a ser de nuevo un importante motor de desarrollo y nuestro territorio también se está viendo directamente beneficiado de ese crecimiento tan significativo. No obstante, si deseamos que ese número creciente de visitantes que va llegando, cada vez con más asiduidad, a las poblaciones bajoaragonesas forme parte de un tipo de turismo desestacionalizado, de calidad, cercano y sostenible tendremos que irlo forjando desde dentro, tratando de evitar que se creen dos universos paralelos entre aquellos que nos visitan y desean conocer nuestro entorno y nuestros valores socioculturales y los que residimos habitualmente en él y formamos parte de la comunidad que los recibe.

No podemos ofrecer lo que no tenemos ni aquello en lo que no creemos. El punto de partida para cualquier proyecto turístico, por muy innovador que resulte su diseño y materialización, debe venir marcado por nuestras señas de identidad como habitantes de un entorno rural singular, un territorio que aún mantiene un fascinante equilibrio entre el dinamismo y las posibilidades que nos ofrece el mundo actual y la esencia de todas aquellas labores, tradiciones y costumbres que nos unen y que, además, nos sirven de enlace con las virtudes de aquellas generaciones que nos han precedido.

La conservación y revalorización del patrimonio histórico y arquitectónico, tanto material como inmaterial, una adecuada divulgación de nuestra cultura y todos aquellos valores que forman parte de nuestra memoria común y le dan autenticidad, cuidar de nuestras poblaciones y preservar su belleza ancestral, saber transmitir la transcendencia que tiene, para nuestro día a día, poder sentir el silencio o, por último, salvaguardar un paisaje y un entorno natural plagado de bosques de olivos, almendros o pinos, que solo las personas que residen en nuestras poblaciones pueden mantener, debe ser el resultado de la voluntad y el esfuerzo de todos y tiene que generar un retorno hacia aquellos que habitan en cada comunidad local para que sea sostenible y se pueda prolongar en el tiempo.

En su disfrute, bien a través de la visita a cualquier población y sus lugares más emblemáticos o realizando cualquiera de las diversas actividades que pueden llevarse a cabo en plena naturaleza, también necesitaremos del respeto y la complicidad de aquellos que nos visitan, siendo, sin duda, importante que su presencia no desborde las expectativas creadas o las distorsione. El equilibrio entre los recursos turísticos ofrecidos y los servicios locales existentes y su crecimiento paralelo se antoja fundamental para el éxito y la sostenibilidad de cualquier proyecto de promoción turística.

Si, al mismo tiempo, conseguimos que toda aquella persona que se acerque a cualquier lugar del Bajo Aragón con el ánimo de descubrir nuestra tierra y aquellos valores que nos identifican como sociedad, perciba también nuestra emoción al darlos a conocer y el orgullo y la ilusión que nos invade al transmitirlos, ya tendremos mucho ganado.

El trato personal y la cercanía que todavía podemos aportar a quien nos visita, valorar aquellas cosas que nos unen y hacer llegar a nuestros visitantes la idea de que tras las atractivas y evocadoras fachadas de piedra de nuestras casas y edificios más representativos no hay ningún museo vacío, sino personas de carne y hueso que las habitan o utilizan a diario y aportan ese calor humano imprescindible para que sigan existiendo, tendría que ser siempre nuestra mejor tarjeta de presentación.

Alberto Bayod. Historiador