En pleno verano, cuando el calor empuja a buscar pueblecitos entrañables en el medio rural aragonés, una pareja joven, ella y él, sin más nombres que su curiosidad, eligieron el Matarraña para sus vacaciones. Llegaron atraídos por las fotos de pueblos de piedra, ríos transparentes y verdes montañas, sin sospechar que el viaje les regalaría un descubrimiento inesperado: una lengua viva, cercana y profundamente arraigada, que los vecinos llaman Chapurriàu.
El primer indicio apareció en Valderrobres, mientras desayunaban en una terraza del casco antiguo, recomendada por un lugareño, que les dijo: ‘está en la Vila’. A su alrededor, las conversaciones no sonaban exactamente a castellano, pero tampoco a catalán normativo. Había giros familiares, palabras nuevas y una musicalidad propia. Al pagar la cuenta y despedirse, el camarero les dijo ‘que vaigue bé’. La pareja se miró con una sonrisa: algo distinto latía en ese saludo.
Conforme avanzaron los días, el hallazgo se hizo constante. En Peñarroya, al entrar en una tienda de productos locales, escucharon a dos vecinas comentar la cosecha de aceite en una lengua que parecía haber traspasado generaciones. La tendera les explicó, con orgullo tranquilo, que lo Chapurriàu es la lengua materna de mucha gente del Matarraña, aprendida en casa, en la calle, en el trato diario. «Es com parlem aquí», añadió.
En Calaceite, la pareja asistió a un acto cultural en la plaza. Entre música tradicional y lecturas populares, el Chapurriàu fue protagonista sin necesidad de micrófonos. Los versos, recitados por jóvenes y mayores, sonaban auténticos. No era una lengua de museo ni de escenario: era una lengua que respiraba presente. Él anotó palabras en una libreta; ella grabó fragmentos de voz con el móvil, temiendo que el recuerdo se olvidara al volver a casa.
También en las pequeñas cosas apareció el Chapurriàu: en las indicaciones para visitar una cárcel en los bajos de un ayuntamiento, en la conversación entre agricultores junto al río Matarraña y en las indicaciones espontáneas para encontrar una poza escondida. Nadie parecía traducir por obligación; cuando hacía falta, el castellano acudía con naturalidad. Pero lo Chapurriàu, su lengua materna, seguía ahí, como un hilo invisible que conectaba a las personas con su territorio.
La pareja comprendió entonces que viajar no es solo cambiar de paisaje, sino afinar el oído. Descubrieron que una lengua puede ser un hogar compartido, una herencia recibida de sus antepasados. Lo Chapurriàu no se enseñaba como atracción turística, pero se ofrecía generosamente a quien lo quisiera escuchar. En ese gesto cotidiano, el Matarraña revelaba una de sus riquezas más valiosas.
Al despedirse, con el coche cargado de aceite, almendras, casquetes (unas pastas típicas de la zona) y cuadernos llenos de notas, ella y él supieron que volverían. No solo por los pueblos visitados o el río, sino por esa lengua que los había acogido. Porque a veces, el verdadero viaje comienza cuando aprendemos a escuchar cómo habla la tierra.
Teresa y Manu. El mundo del chapurriau


Bravo! Gracias, aun quedan personas sensatas que viven a su forma de pensar, sentir y obrar de forma sencilla…sin aderezos.