A escasos días de cumplir los 28 hago balance, a modo de Año Nuevo, de los acontecimientos transcurridos durante los últimos meses. Poco a poco voy completando un conteo mental de atinos, desvelos y echares de menos. Actualizo también metas grandes y pequeñas, organizo prioridades recolocando viejos sueños y dejando hueco para los que todavía no han nacido. No obstante, el apartado al que mayor atención suelo prestar es al de los cariños. Me doy cuenta entonces de que tengo deudas con los míos, puesto que el tiempo que les dedico es siempre menos del que yo quisiera y, supongo, del que ellos quieren. Gastaría una vida entera en escuchar a mis abuelas mientras les cojo la mano, en caminar junto a mi padre por las sendas, en divertirme con mis primos y tíos, en reírme junto a ellos en las sobremesas, en abrazar a mi madre o en hablar y sentir cerca mi hermana; pero no puedo. Todo el tiempo del que dispongo es poco, pues apuran los quehaceres y la necesidad de hacer un hogar del lugar en el que ahora vivo. A pesar de todo tengo la enorme fortuna de tenerlos cerca, y eso me consuela. No me ocurre lo mismo con la mayoría de mis amigas. Todas hemos ido, con el paso de los años, eligiendo, resolviendo encrucijadas, tomando decisiones y estamos viviendo la vida que mejor consideramos. Es un alivio saber que es así, y que cada una ha trazado el camino que considera más adecuado para ella misma. No sin sacrificios, no sin dudas, no sin miedos ni errores. Concluyo en este punto que lo único que podemos hacer es seguir acompañándonos desde la distancia y disfrutar de estar cuando coincidimos. Mañana veré a la mayoría de ellas y, si todo va bien, celebraré los 28 a su lado. Ya el lunes volveré a poner el contador a cero, y a seguir intentando domar el tiempo para hacer en una sola vida lo que quisiera hacer en cientos.

Alicia Martín. A quien quiera leer