Cuando en los 60 era estudiante de Derecho en la Universidad de Barcelona me sentía orgulloso de mi Alma Mater. Más adelante conocí los logros y el ambiente académico de la Complutense de Madrid y me sentí feliz de comprobar que su fama estaba a la altura de las mejores «Unis» de Inglaterra, Francia y Estados Unidos.
Ahora, con disgusto —con horror más bien— veo la indignante campaña de Ayuso contra la Complutense, un asedio económico que refleja una tendencia actual en muchos países, empezando por Estados Unidos: el autoritarismo, el furor antidemocrático se ensaña con el mundo universitario, una de las principales garantías de educación en valores y principios de la enseñanza superior y profesional.
Con las maneras y la obsesiva y delirante agresividad de un Trump, los ataques contra la Universidad como institución en algunas democracias occidentales buscan debilitar y hundir una tradición secular de excelencia en la formación social, política, económica y profesional de nuestra juventud. Y así el poder político —sesgado hacia lo ultra— en la comunidad más rica de nuestro país está asediando con la presión financiera a su Universidad modelo.
Es un ataque en toda regla contra la simple posibilidad de ejercer la libertad de pensamiento, dominando las instituciones que generan confianza y prestigio profesional público y que por definición siempre han estado al margen del poder de dictadores y líderes autoritarios que, como en Madrid, aseguran que las universidades son «nidos colonizados por la izquierda» y las atacan con el neolenguaje —como el que condena Orwell en 1984— más abusivo: la autonomía universitaria es una muestra de «elitismo», la protesta es «vandalismo», las víctimas —los estudiantes y los profesores— son los «agresores». Vimos algo así en Estados Unidos contra dos de las mejores universidades del mundo y ahora lo padecemos con la Complutense.
Y ¿qué es lo que ofrecen esos poderes activos? ¿Tal vez unos sistemas mejores de enseñanza? ¿Una investigación mejor financiada y más adaptada al mundo que viene? ¿Una formación superior del ciudadano? Si esperan respuesta a estas preguntas, lo harán en vano. Silencio absoluto. La corriente política adversa busca subordinación, vasallaje al poder, estructuras autoritarias, dirigentes de cualquier nivel que ostentan «títulos» sin validez pero cuya labor interesa a los que detentan el poder... y no es que un título universitario, incluso legal, garantice el futuro de la persona y de su actividad profesional, pero es un requisito necesario para que se suponga una cierta legitimización. Y que ello contenga la posibilidad de plantar cara a los abusos del que manda: pero para eso la universidad debe ser autónoma y no depender del capricho y la «recomendación» del poder que diseña las «verdades» a la exacta medida de sus ambiciones y necesidades.
La ensayista Meghan O’Rourke lo resume con claridad: «La libertad académica no es un privilegio corporativo, es un espacio donde las ideas pueden desarrollarse sin rendir cuentas al mercado ni al poder político». Y eso no les gusta a los Trump, ni a las Ayuso.
Por todo ello se está produciendo esta ofensiva internacional contra los campus; contra nuestras «Alma Mater» y las personas que garantizaban su independencia, libertad y eficiencia formativa. ¡Vade Retro!
Alberto Díaz Rueda. LOGOI


Un activista opositor al régimen, estudiante universitario en pleno franquismo. No sé si no era tan dictadura el franquismo, o si no era tan opositor el estudiante.
Don Alberto. Hay que pisar más las universidades, públicas o privadas, aunque nuestra edad ya no nos lo ponga fácil. Le aseguro que tenemos de todo, buenas, regulares y no diré malas pero sin los recursos o los apoyos necesarios.
Usted defiende la libertad académica y la posibilidad de ejercer la libertad de pensamiento, cosa que yo aplaudo si es para todos. Pero conocemos qué barreras afectan a cada universidad de las que ya existen y a las que todavía no pueden funcionar porque los permisos no llegan. Los que tenemos nietos en las universidades, sabemos que el sistema actual público cierra el paso a muchos estudiantes y a muchos docentes y eso solo se puede resolver con nuevos centros, públicos o privados pero que gocen de mas libertad. Libertad también para los padres que prefieren la escuela y la educación superior que respeta sus preferencias éticas y morales y sus niveles de exigencia y de respeto.
No creo que sean el Sr. Trump o la Sra. Ayuso los que nos crean los problemas a los aragoneses o a los catalanes. Y desde luego tampoco a los madrileños, cuyas aulas reciben cada año más estudiantes de Baleares, de Valencia o de Cataluña.
Saludos cordiales.
Sr Alberto, la Complu se está desprestigiando solita, no necesita ayuda, particularmente desde que sabemos que individuos como Pablo Iglesias y sus secuaces dan clases ahí, y no porque tengan su ideología – todo el mundo la tiene- sino porque son analfabetos funcionales y enemigos de la libertad.
Si una universidad es una porquería porque algunos profesores que no son de nuestra cuerda imparten clases en ellas, ya sean públicas o privadas, habría que desechar a la Universidad de Navarra, inspirada por Escrivá de Balaguer, y dirigida por el Opus. Y en la Complutense estudió nada menos que Isabel Díaz Ayuso, una «eminencia», hablando de analfabetos funcionales.