El año pasado, Valderrobres y la localidad francesa de Lespignan formalizaron un hermanamiento que ha permitido estrechar lazos entre ambos municipios y descubrir numerosos puntos en común. Muchos vecinos tuvimos la oportunidad de participar en los actos celebrados en los dos pueblos y compartir momentos de convivencia que han dado lugar a nuevas amistades y a un intercambio cultural que continúa vivo.

Sin embargo, más allá de los actos institucionales y de las visitas mutuas, hubo un aspecto que despertó especialmente nuestra curiosidad. Durante las conversaciones mantenidas con nuestros amigos de Lespignan surgió repetidamente el tema de la lengua. Algunos de ellos conservan todavía palabras y expresiones heredadas del lemosín, una antigua variedad de la lengua occitana hablada históricamente en amplias zonas del sur de Francia.

La sorpresa llegó cuando comenzaron a compararse determinadas palabras y expresiones. Algunos términos resultaban extraordinariamente familiares para quienes hablamos Chapurriàu. La coincidencia más llamativa apareció al comparar los nombres de los días de la semana. Nuestros amigos de Lespignan pronunciaban dilluns, dimach, dimecres, dijous, divendres, dissabte y domenge, palabras idénticas a las que utilizamos los hablantes del Chapurriàu en nuestra comarca. Aquella semejanza despertó una gran curiosidad entre los asistentes y dio pie a numerosas conversaciones sobre los posibles vínculos históricos entre ambas formas de hablar. Más allá de las explicaciones lingüísticas, resultaba emocionante comprobar cómo palabras utilizadas diariamente a ambos lados de los Pirineos han logrado conservarse de manera tan parecida a lo largo de los siglos.

En la Edad Media, el lemosín toma su nombre de la antigua región francesa del Limousin y forma parte de la gran familia de las lenguas occitanas, nacidas, como otras lenguas romances, de la evolución del latín vulgar. Durante los siglos XI, XII y XIII, el occitano alcanzó un enorme prestigio cultural gracias a los trovadores, poetas y músicos que difundieron sus composiciones por buena parte de Europa. La influencia de aquellas hablas fue tan importante que durante siglos la palabra "lemosín" se utilizó frecuentemente para designar de forma general la lengua de los trovadores. Su prestigio cultural se extendió mucho más allá de los límites del actual sur de Francia.

En aquella época, los territorios que hoy forman Aragón, Cataluña y Occitania mantenían intensas relaciones políticas, comerciales y humanas. Los Pirineos no actuaban como una frontera cerrada, sino como un espacio de comunicación constante. Mercaderes, religiosos, artesanos y familias enteras transitaban de un lado a otro transportando mercancías, costumbres y también palabras.

Durante los procesos de repoblación medieval llegaron a Aragón numerosos pobladores procedentes de territorios occitanos. Su influencia dejó huella en distintos ámbitos de la vida cotidiana y también en las formas de hablar. Del mismo modo, Cataluña mantuvo durante siglos una estrecha relación lingüística y cultural con Occitania.

En nuestras comarcas orientales, donde el Chapurriàu ha sido durante generaciones la lengua utilizada en la vida diaria, todavía encontramos palabras, giros y pronunciaciones que muchos consideran herederos de aquellas influencias históricas llegadas desde el otro lado de los Pirineos. Son elementos que forman parte de nuestro patrimonio cultural y que han sobrevivido gracias a la transmisión oral de padres a hijos.

Quizá nunca podamos determinar con absoluta precisión el recorrido exacto de cada palabra. Sin embargo, el hermanamiento con Lespignan nos ha permitido recordar algo importante. Las lenguas, igual que las personas, también viajan. Cruzan montañas, atraviesan siglos y crean vínculos inesperados entre pueblos que, aunque hoy pertenezcan a países distintos, comparten una historia mucho más cercana de lo que podría parecer a primera vista.

Quienes tuvimos la suerte de asistir a los actos celebrados en ambos pueblos pudimos descubrir una curiosidad histórica que probablemente pocos esperábamos encontrar.

Manuel Bel. El mundo del chapurriau